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Una historia diferente

Una historia diferente
22/05/2019 Juan Solo
Una historia diferente - Relato breve de Juan Solo - Juan Solo escritor

Una historia diferente

Mi padre me enseñó que por cada tonto que habla hay otro dispuesto a escuchar así que si deseas abandonar la lectura en este punto, no me ofenderé.

También solía afirmar que hay dos clases de personas: las que esconden secretos y las que se afanan en desvelarlos. Yo pertenezco a las segundas. Por ese motivo me encontraba a las afueras de Rovaniemi, en medio de una noche gélida, esperando a mi contacto.

Rovaniemi es un hermoso lugar, muy cerca del Círculo Polar ártico, en la Laponia finlandesa. Su clima es algo menos extremo de lo que cabría esperar gracias a la influencia de las corrientes del Atlántico Norte. Aún así, está considerada como la ciudad más fría del mundo. La temperatura media, durante los meses de diciembre y enero, es de 14 grados bajo cero aunque, según los registros históricos, en una ocasión el termómetro llegó a desplomarse por debajo de los -47º C. Aparte del calor, la luz solar es otro bien escaso por aquellas latitudes; en diciembre los lapones solo disfrutan de seis minutos diarios de sol. Te ahorraré el cálculo: eso suponen tres horas de luz en todo un mes. El resto, oscuridad.

No es el lugar que una persona cuerda elegiría para vivir.

Estábamos a mediados de octubre y mi guía se retrasaba. Intenté subirme la cremallera de la cazadora aún más pero ya había alcanzado su tope. Me palmeé los brazos con la esperanza de entrar en calor y comencé a saltar de un lado a otro, igual que un oso de feria. Una silueta emergió por fin de entre el bosque de abetos y caminó en mi dirección, hoyando con sus pisadas el espeso manto blanco que lo cubría todo. Cuando estuvo frente a mí comprobé que el hombre era, más o menos de mi estatura, rostro afilado, espeso bigote negro y ojos marrones. Llevaba la cabeza cubierta por un gorro rojo con orejeras.

—Poco — dijo en inglés.

—Poco, ¿qué? — le pregunté, sin comprender.

—Poco.

—¿Eres mi guía?

Él se encogió de hombros por toda respuesta. Dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección al bosque de abetos. A pesar de que su marcha era lenta, sus pisadas sobre la nieve eran firmes, al contrario que las mías, y me costó gran esfuerzo mantener su ritmo.

—¿El sitio al que vamos está cerca? — quise saber — ¿Iremos andando?

—Andar, no — contestó —. Poco.

Se desvió hacia la zona de árboles por la que había surgido unos minutos antes. El terreno era irregular; él iba delante y yo me afanaba en seguir sus pasos. Me indicó con un gruñido que pisara sobre sus huellas. En una ocasión no lo hice así y acabé hundido en la nieve hasta más arriba de las rodillas. Se detuvo, resopló como una madre cuyo hijo se hubiera puesto el babero perdido de papilla, y tiró de mí para ayudarme a salir. Al cabo de un rato llegamos a un claro entre los abetos donde nos esperaba una moto de nieve. Era grande y de color plateado; la luz de la luna le confería cierta apariencia fantasmal. Me tendió unas gafas protectoras, él se ajustó otras a la cabeza, y me señaló unas asideras metálicas en la parte posterior del vehículo.

—No me dejarás caer, ¿verdad?

Se sentó a los mandos, accionó el contacto y salimos disparados hacia los árboles a velocidad de vértigo. Me aferré a la moto como si me fuera la vida en ello. Esquivábamos los enormes troncos en una loca carrera mientras mi conductor no paraba de reír. Por fin dejamos atrás la espesura del bosque y salimos a un océano de nieve bajo las estrellas. El rugido del motor rasgaba el silencio de la noche y el viento me azotaba la cara con tanta fuerza que apenas podía respirar. De pronto, detuvo el vehículo con el motor al ralentí y se giró hacia mí.

—Tú, ¿bien?

Su inglés era tan espantoso como el frío ártico.

—¡Estoy congelado! — protesté y los dientes me castañetearon de manera descontrolada.

Mi interlocutor lo encontró de lo más divertido y soltó una risotada que debió de escucharse en varios kilómetros a la redonda. Confieso que hirió mi orgullo.

—Poco — repitió.

—¿Qué demonios quiere decir eso de “poco”?

—Poco abrigo.

¿¿¡¡No podías haber empezado por ahí!!??, pensé.

—¿Cómo te llamas? — le pregunté.

—Ano.

—Pues que sepas que el nombre te hace juego con la cara.

No pareció entender mi comentario, cosa que agradecí de inmediato. Si me abandonaba allí, en mitad de la nada, no tenía ninguna esperanza de regresar con vida a la civilización. Ano sacó una petaca forrada de piel de uno de los bolsillos de su cazadora y me la ofreció.

—Bebe. Frío. Poco.

Desenrosqué el tapón y olfateé el líquido que había en su interior; olía a menta. Di un largo trago. El sabor era amargo y muy intenso: al instante noté cómo un fuego abrasador bajaba por mi garganta y me inflamaba el pecho.

—¿Qué es?

Ano imitó el sonido de una foca.

—¡Ya sé que la petaca está forrada con piel de foca! Te pregunto por el licor — pronuncié las palabras muy despacio con la esperanza de hacerme entender — ¿Qué lleva?

Ano repitió el mismo sonido gutural y movió ambos brazos pegados al cuerpo. Lo dejé por imposible y bebí un poco más de aquel brebaje; era muy reconfortante. Por un momento imaginé hallarme tumbado en el sofá de casa, abrigado hasta la barbilla con la vieja manta raída que siempre andaba dando vueltas por el salón. Cerré los ojos y me dejé llevar. Lo siguiente que recuerdo fue despertar en una cabaña de troncos. Estaba sentado en una mecedora y el fuego que ardía alegremente en la chimenea arrebolaba mis mejillas.

—¡Hola, hola! ¡Por fin ha despertado! ¡Bienvenido!

Me giré en dirección a la voz que me hablaba. Un tipo delgado y muy espigado, vestido con una casaca de franela verde y botones dorados, me sonrió con una mueca de complicidad.

—¡Se ha echado un buen sueñecito! ¡Hola, hola! ¡Vaya que sí!

Tenía el pelo del color de la paja, la nariz inusualmente larga y las orejas rematadas en punta.

—¿Dónde estoy?

—Supongo que donde usted quería — repuso, jovial.

Las llamas del hogar arrancaban destellos dorados en los botones de su casaca. Traté de contarlos pero no lo logré.

—Me llamo Müesli — se presentó.

—¿Qué clase de nombre es Müesli?

—El mío.

Puse mis ideas en orden.

—De acuerdo, quiere preservar su intimidad en caso de que escriba el reportaje. Me parece aceptable. Por mí no habrá problema. ¿Es usted quién me envió la carta?

—No, ese fue Regaliz.

¡Dios mío, cuánto daño han hecho las películas de Tarantino…!

—¿Y cuándo conoceré al señor Regaliz?

—No está en los planes.

—¿No acaba de decirme que él escribió la carta?

Müesli soltó una risilla y negó agitando el índice en el aire.

—Hay que saber escuchar… He dicho que él envió la carta, no que la escribiera. El autor de la misiva es nuestro jefe. Regaliz es el encargado del servicio postal. — Se frotó las manos dando por zanjado el asunto —. Me permití quitarle las ropas: estaban empapadas. Ya están secas.

Reparé en que me habían vestido con una especie de pijama azul de cuerpo entero. En los pies llevaba puestas unas polainas de un rojo intenso.

—¿Y mi teléfono móvil?

—Con sus ropas. Cuando se marche lo recuperará.

—¿Cómo he llegado hasta aquí?

—Le trajo Ano — contestó —. Igual que a los demás.

Ese último comentario me llamó la atención.

—¿No soy el primero?

—Desde luego que no — rio.

—En la nota se me aseguraba exclusividad absoluta sobre la historia.

—Eso se lo garantizo.

Me incorporé y estudié las paredes de la cabaña; la decoración navideña era a todas luces excesiva y hortera en grado sumo: allá donde posaras la vista la luz arrancaba destellos en cientos de bolas de Navidad; pequeñas, grandes, de cristal… También había guirnaldas, adornos para el árbol, bastoncillos de azúcar, muñecos de nieve y un sinfín de objetos que formaban un todo abigarrado y agotador: la pesadilla de un decorador minimalista.

—¿Quién es su jefe?  — le pregunté.

—Eso no es ningún misterio — contestó.

Volví a fijar mi atención en los botones de su pechera pero, de nuevo, perdí la cuenta.

—¿Estamos en Rovaniemi?

Müesli dio un brinco y palmeó las manos en el aire antes de caer.

—¡Esa sí que es buena! — canturreó —  ¡Hola, hola! ¡Rovaniemi! ¡Jajajaja! Estamos bastante lejos de allí— respondió —. Nadie daría con este lugar por mucho que se lo propusiera.

—Yo lo he hecho.

—No — repuso, sonriente —. Nosotros le hemos traído, que es muy distinto.

Regresé a la tarea de contar los botones dorados pero no conseguí pasar de treinta y dos.

—Aprovecharemos la pausa del bocadillo para que conozca al jefe; cada mañana hace cuatro. Ya me entiende… — Müesli se palmeó la barriga y me guiñó un ojo —. Déjeme ver… — consultó un reloj dorado que extrajo de uno de los bolsillos de su vestimenta y, tras comprobar la hora, cerró la tapa de golpe —. Ahora es buen momento.

—¿Ya ha amanecido?

Müesli saltó de nuevo y esa vez chocó en el aire las suelas de sus botas.

—¿Amanecido? ¡Hola, hola! ¡Esa sí que es buena! ¡Amanecido! — Aunque parezca increíble tuvo tiempo de decir todo esto antes de volver a aterrizar sobre sus pies — ¡Lleva durmiendo tres días!

—¿¡Tres!?

De pronto comprendí.

—¡Ano me suministró un narcótico con la bebida!

Los ojos azul pálido de Müesli brillaron.

—La leche de foca obra milagros — comentó, risueño.

—Así que realmente era leche de foca…

—Lo llamamos así pero, en realidad, no es posible ordeñarlas. No son tan dóciles como parecen — explicó —. Nos limitamos a recoger su orina de la nieve. El licor que bebió se elabora con ella.

Sentí cómo el estómago se me daba la vuelta igual que un jersey viejo.

—Lleva una mezcla de orina — continuó —, zumo de limón, menta, bayas silvestres y una hierba secretas que cultiva en el invernadero nuestro alquimista, Jengibre.

¡Se pasan todo el día flipados! Enhorabuena, has recorrido medio mundo para acabar en una comuna de hippies del Ártico.

—¡Vamos! — dijo Müesli, de pronto — ¡No hay tiempo que perder!

—¿Dónde está mi ropa?

—No se preocupe; así va muy elegante.

Abrió la puerta de la estancia y me indicó que pasara delante de él. Distinguí otra puerta de color verde al final de un estrecho corredor iluminado por una luz muy tenue.

—Es allí — me informó —. Entre sin llamar.

A esas alturas ya había comprendido que aquel disparate no era más que un sueño. Uno bastante absurdo, por cierto. A veces, nuestro subconsciente rescata información que el cerebro ha almacenado por algún motivo que desconocemos. Decidí continuar con el juego para averiguar dónde me llevaba. Abrí la puerta verde y entré en una habitación muy similar a la que acababa de dejar atrás. La distribución era casi idéntica y ambas tenían el mismo decorador; esta también contaba con una mecedora dispuesta frente a la chimenea. Su ocupante estiró una mano para alcanzar un bocadillo de cinco pisos que había en una bandeja que descansaba sobre una mesita, junto a él.

—¡No te quedes ahí, muchacho! — dijo con voz atronadora —. Tú y yo tenemos una conversación pendiente desde hace tiempo y solo dispongo de cinco minutos.

El hombre se apoyó en los reposabrazos, que crujieron bajo su peso, e irguió su gigantesca mole. Medía, como poco, dos metros de altura. Su pelo era blanco como la nieve y lucía una espesa barba del mismo tono. Vestía una camisa de franela a cuadros y sujetaba sus enormes pantalones rojos con unos tirantes adornados con dibujos de renos saltarines. Su rostro resplandeció al ver mi expresión de incredulidad y me lanzó una mirada bonachona por encima del diminuto par de gafas que reposaba sobre su nariz regordeta.

Por favor, que ahora no haga eso de ¡ho, ho, ho!

—La puesta en escena es espectacular — admití — pero no se ofenda: sé que nada de esto es real. Continúo drogado.

—Debemos tomar nuestras precauciones con las visitas. Te has convertido en un reportero de prestigio. Si revelaras a tus lectores cómo venir hasta aquí acabarías con la magia de este lugar.

—No se preocupe; si contara algo de esto me tomarían por loco.

—Claro, y tú ahora eres un hombre serio e importante. — No entendí muy bien el sentido de sus palabras. Él se percató y me miró con indulgencia —. Para mí nunca dejáis de ser niños. Por mucho que os empeñéis en demostrar lo contrario.  ¿Has intentado contar los botones de la casaca de Müesli?

—Sí, pero no he sido capaz.

—Yo tampoco. ¡Nadie lo ha logrado! Una vez llegué hasta doscientos trece pero no pude seguir adelante.

—¿Doscientos trece botones? Eso es imposible.

—Imposible es una palabra en la que conviene no creer. Sobre todo si vives aquí.

—¿Y bien?  Usted me hizo llegar una carta en la que prometía revelarme los pormenores de una trama internacional que afectaba a la conservación del Ártico. ¿De qué se trata? ¿Se ha agotado el papel de regalo para envolver los juguetes?

Mi anfitrión sonrió y se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz.

—Me temo que te conté una mentirijilla. No me guardes rencor: imaginé que, de contarte la verdad, nunca accederías a venir.

—¿Me mintió? — le pregunté en tono burlón. En realidad lo único que me preocupaba era saber dónde despertaría de aquella pesadilla y en qué condiciones. — Se supone que usted debe dar ejemplo a los niños.

—Me encantan tus polainas. Y Bob Dylan.

A eso lo llamo yo cambiar de tema.

—En la fábrica escuchamos a Elvis — prosiguió —. A los muchachos les encanta y se trabaja más rápido al ritmo del rock´n´roll. ¡Hay tanto que hacer!

Contoneó las caderas y me recordó a esos muñecos danzarines de Papá Noel que funcionan a pilas.

—Bueno, ¿va a decirme por qué estoy aquí?

El anciano vestido de leñador se mesó la barba y me indicó que ocupara una silla. Era de madera y estaba decorada con tallas en relieve de osos polares y renos.

¡El tema estrella!

Él dio la vuelta a la mecedora con su manaza y se sentó frente a mí.

—Te enfadaste conmigo hace muchos años — dijo — ¿Se te ha pasado ya?

—¿A mí?

—Tenías siete años y me pediste un perro salchicha. ¿Lo has olvidado?

Acudió a mi mente el recuerdo nítido de aquellas Navidades y el berrinche que me llevé cuando lo que encontré, bajo el árbol, resultó ser un tren eléctrico.

—Tu padre pensó que eras demasiado pequeño para encargarte de un perro y que pronto te cansarías de él.

Asentí, distraído. Puestos a flipar, preferiría haberlo hecho con las modelos de un calendario de bañadores.

—¿Me ha arrastrado hasta el culo del mundo por semejante estupidez?

—Hace mucho que no hablas con tu padre — dijo con voz firme.

—Claro, usted lo ve todo… — comenté con sorna —. Entonces sabrá también que estamos enfadados.

—Él, no.

—Pues yo sí: no me agrada que se inmiscuya en mis asuntos.

El anciano entrecruzó las manos sobre el regazo y comenzó a balancearse adelante y atrás.

—¿Ves?  Seguís siendo niños por mucho que lo neguéis.

—Fue muy injusto conmigo — me defendí —. Se puso de parte de mi ex mujer.

El anciano se acarició la barba y meditó unos instantes.

—Olvidas que tus hijos también son sus nietos.

—¿Qué pasa? ¿El negocio de los juguetes va mal? ¿Ahora también hace horas extra como terapeuta familiar?

— Otra reacción típica de un niño… — observó.

La situación resultaba frustrante: hasta Papá Noel se había puesto en mi contra.

—¡Mi padre testificó en el juicio a favor de mi ex mujer para que le concedieran la custodia de los niños!

—Porque tú no entraste en razón. Tu trabajo te obliga a viajar por todo el mundo; no tienes horarios fijos ni calendario… Un niño necesita orden y estabilidad en su vida. Como te negabas a llegar a un acuerdo, él consideró que quedarse con su madre era lo más conveniente para ellos y obró en consecuencia.

—¡Pues se equivocó!

—¿Crees que le resultó fácil? Ser padre conlleva una gran responsabilidad. Y requiere una importante dosis de sacrificio. — Venció el cuerpo hacia delante y clavó sus ojos en mí. Su mirada me desarboló —. Él siempre lo entendió así.

—¿Y yo no?

—Tengo la impresión de que sigues anteponiendo tus propios intereses a los de tus hijos. Y es extraño porque llevo muchos años observándote: te has convertido en un hombre de bien. Y con un gran corazón. Leí tu artículo sobre los niños de aquel hospital de Irak que visitaste: me emocionó. Eres capaz de compadecerte del dolor ajeno y transmitirlo con sinceridad, pero tu ceguera te impide ver el daño que causas a los tuyos con tu actitud.

—¡Muy bien! ¡Ya he tenido suficiente! — Me levanté de la silla de golpe —¡Quiero marcharme a casa!

El anciano frunció el ceño.

—Sería conveniente que hicieras las paces con tu padre — dijo.

—¿Por qué?

—Porque se está muriendo. Es tu última oportunidad; si la dejas escapar lo lamentarás el resto de tus días.

—¡No diga tonterías! ¡Mi padre se encuentra perfectamente!

—¿Cómo puedes estar tan seguro si hace cuatro años que no habláis?

No supe qué responder…

—Escucha al niño que llevas dentro.

Tras estas palabras desperté en la habitación de mi hotel, en Rovaniemi. Tan solo habían transcurrido ocho horas desde que salí en mitad de la noche para encontrarme con Ano, el guía, a las afueras de la ciudad. Mi ropa estaba colgada de la percha, tal y como yo hubiera hecho. Comprobé mi cartera: no faltaba nada pero, por precaución, llamé a mi banco para bloquear las tarjetas de crédito. Había sido víctima de un engaño pero desconocía con qué finalidad. Quizá, a pesar de estar drogado, logré escapar de mis captores y llegué hasta el hotel… Mi mente estaba en blanco: lo único que recordaba era mi estúpido sueño.

Anduve dando tumbos por la ciudad, tratando de rememorar los acontecimientos que habían tenido lugar la noche anterior. No conseguí sacar nada en claro. Acudí a la policía pero tampoco supe qué contarles: ¿que había dado una vuelta en moto con un individuo llamado Ano a medianoche?  ¿Le robó? No. ¿Le amenazó de alguna manera? No.

Todo era bastante ridículo. Tres días después conduje de regreso a Helsinki y tomé un avión que me llevara de vuelta a casa deseando dejar atrás aquel capítulo sin sentido de mi vida.

Si crees que voy a contarte que aquel sueño me cambió, te equivocas. Tampoco llamé a mi padre aunque admito que la idea se me pasó por la cabeza. Me centré en mi trabajo, como había hecho siempre. Sí que hablé con mi ex mujer para decirle que no quería pelear más por la custodia de nuestros hijos. Convine en que lo mejor para ellos era estar con su madre. Me disculpé por haberme mostrado tan obstinado y me comprometí a cambiar de actitud de allí en adelante. No estoy seguro de que ella no dudara de mi sinceridad pero aceptó la oferta de armisticio, como cualquier parte envuelta en una contienda que no desea mantener.

El día de Navidad me encontraba en casa, trabajando en mi ordenador, cuando llamaron a la puerta. No esperaba visitas y menos en una fecha tan señalada. Para mí las fiestas habían dejado de tener sentido hacía tiempo. Abrí y me encontré en el umbral a un joven delgaducho de ojos azules vestido con uniforme marrón y una gorra con el logotipo de la empresa de paquetería. Sostenía con ayuda de ambas manos una caja de grandes dimensiones.

—Traigo una entrega — dijo.

—¿Para mí? — Comprobé el nombre y la dirección que figuraban en el exterior del paquete y eran los míos — Debe de haber un error porque yo no he comprado nada.

—Entonces será un regalo de Navidad.

Estudié al repartidor con desconfianza.

—¿Hay que pagar algo?

—No, señor.

Tomé la caja, que pesaba lo suyo.

—Dame un momento; debo de tener algo suelto…

—No se preocupe, señor. No aceptamos propinas.

—Pero te ha tocado trabajar en Navidad…

Él se encogió de hombros.

—Es la política de mi empresa.

Se despidió y cerré la puerta con ayuda del pie. Dentro del paquete había algo… ¡Y se movía!

—¡Qué demonios…!

Dejé la caja sobre la mesa del salón y su contenido emitió un ligero gañido. Rasgué el papel con las manos y descubrí unos ojos vivarachos que me observaban asustados, desde el interior de una jaula amarilla.

— ¡Un perro salchicha!

Apenas era un cachorro. En la jaula también había un sobre. Lo abrí y la leí la nota de su interior. Decía:

Nunca es tarde para subsanar un error. Tu nuevo amigo se llama Cacahuete. Cuando debas salir de viaje seguro que tus hijos estarán encantados de ocuparse de él.

Corrí a la ventana y atisbé el exterior. El repartidor se encontraba de pie, parado en el camino de entrada. Cuando me vio, saltó en el aire, se quitó la gorra y me dedicó una pomposa reverencia. Y aunque te parezca imposible, tuvo tiempo de hacer todo esto antes de volver a caer al suelo.

Esa misma tarde me presenté en casa de mis padres sin avisar. Me sorprendió lo viejo y demacrado que estaba mi padre pero sus ojos se llenaron de luz al verme. Comentó que mi presencia había sido el mejor regalo de Navidad que había recibido en toda su vida. Lloramos juntos y nos abrazamos. En la cocina, y a solas, mi madre me contó cómo la enfermedad le estaba consumiendo.

No sé qué más decirte, querido lector. Estoy acabando de escribir esta historia en la habitación de mi padre, en el hospital. Le han operado hace unas horas y el médico nos ha dicho que todo ha ido mejor de lo esperado. Él aún duerme. Tengo la esperanza de que todo salga bien. Lo espero con la ilusión de un niño.

Porque imposible es una palabra en la que conviene no creer.

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Dedicado a mi amigo Iñaki Urrutia

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JUAN SOLO – UNA HISTORIA DIFERENTE – RELATO DESCARGABLE – #JUANSOLO – JUANSOLO.ES

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