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Lealtad – Relato descargable – Juan Solo

Lealtad – Relato descargable – Juan Solo
20/05/2016 Juan Solo
Lealtad - Relato breve - Juan Solo - juansolo.es - Relato descargable - #JuanSolo
Este es mi tercer relato “Lealtad“, después de El sombrero y La fiebre. Puedes leerlo ahora o descargarte gratis un pdf al final del texto.
Siempre fui un gran admirador del trabajo de Isaac Asimov. Sus novelas me han servido de inspiración para escribir Lealtad, relato corto que tiene lugar en un futuro muy próximo.
Espero que lo disfrutéis. Y, si o gusta, lo compartáis con quien creáis que podría estar interesado en leerlo.
Y hacedme caso… cuidad bien de vuestros amigos.
——-

LEALTAD

El doctor Williams atravesó el pequeño camino de piedra que separaba el garaje de la entrada principal de la casa con buen cuidado de no resbalar. Estaba comenzando a nevar de nuevo. Cuando se encontró frente a la puerta de la vivienda, llamó al timbre y acercó su rostro a la cámara del sistema de seguridad para que su asistente personal pudiera verle.

-¡Soy yo! – anunció en voz alta.

-Es bueno tenerle de vuelta, doctor – contestó el altavoz.

Segundos después, se escuchó un pequeño zumbido seguido de un clic y la pesada puerta se abrió. Richard estaba de pie, en el umbral, impecable en su uniforme gris. No le recibió con una sonrisa porque era incapaz de mostrar emociones; la ingeniería robótica no podía obrar milagros en ese campo.

-Bienvenido a casa, señor – le saludó y se hizo a un lado para cederle el paso. – No le esperaba tan pronto.

-Las conferencias de Philadelphia y Boston se han pospuesto hasta la primavera – contestó el doctor Williams, limpiándose los zapatos en el felpudo de la entrada. –Nadie quiere oír hablar de implantes retinianos con las elecciones presidenciales a la vista. Y mucho menos, contribuir a la investigación con un donativo; ahora todo el dinero se lo llevan los políticos.

-Entiendo, señor. ¿Su equipaje está en el coche?

-Sí. ¿Te importaría traerlo, Richard?

-Será un placer.

El doctor Williams, además de un prestigioso científico, era un hombre de costumbres. Amaba la rutina de su vida y procuraba que, en la medida de lo posible, nada la alterara. Le gustaba cenar a las ocho, de una forma ligera, y rara vez perdonaba el postre. El día de su regreso no fue una excepción.

-¿Ha terminado, señor? – preguntó Richard. Aún quedaba un pedazo de tarta de queso en el plato.

-¡Sí, estoy lleno! – se palmeó la incipiente barriga. Había ganado unos kilos desde que dejó su cargo como asesor del gobierno pero tampoco se había echado a perder, como les había sucedido a algunos de sus colegas. – El pescado estaba exquisito.

-Gracias, señor – En la voz del robot no había orgullo. – Encontré la receta en la red. Si ha sido de su agrado la clasificaré entre sus favoritas. ¿Tomará café?

-Esta noche, no.

Williams contempló con interés a Richard, atareado en recoger la mesa.

-¿Qué haces cuando estoy de viaje?

-Me ocupo de la casa, señor.

-Sí, eso lo sé. Pero desde que la señora se fue, aquí solo vivimos tú y yo. Eres el paradigma de la eficiencia así que, una vez que has terminado tus quehaceres, debes disponer de mucho tiempo libre. ¿En qué lo empleas?

-Me instruyo – contestó Richard. – Hay millones de volúmenes de conocimiento a los que aún no he accedido.

-Eso está bien.

-Me gusta aprender.

El doctor arqueó las cejas.

-¿Te… gusta?

El robot reflexionó sobre sus palabras.

-Supongo que me produce cierta sensación de bienestar – afirmó, cuando concluyó su análisis. – Aunque no deja de resultar curioso que haya utilizado esa expresión. – El robot se acercó a él para retirarle la silla. – ¿Pasará a la salita, como de costumbre? Me temo que todavía hace un poco de frío. Si hubiera sabido que iba a adelantar su regreso habría mantenido caldeada esa parte de la casa.

-¡El otoño de New Hampshire! – Henry Williams llevaba toda la vida sufriendo los rigores de su clima. – No te molestes, estoy agotado. Buenas noches, Richard.

-Buenas noches, doctor.

Y el robot se marchó acompañado del sonido de sus servomotores al caminar.

 

Una mañana de diciembre, el doctor Williams se entretuvo poniendo en orden su despacho, con la ayuda de su asistente. La tarea solía ocuparle días enteros. Olvidada en el fondo de un cajón, encontró una fotografía en la que aparecía abrazado a su ex mujer a orillas del lago Penacook.

-¿Recuerdas esta foto?  – preguntó a su robot, con un pequeño pellizco de nostalgia en su corazón.

-Desde luego, señor. La tomó durante el viaje que hicieron a Concord para visitar a su hermano. Antes estaba sobre la mesa, ahí  – el robot señaló un viejo cuenco de cerámica lleno de lápices de colores, en un lateral del escritorio. – Cuando la señora se marchó, usted guardó la fotografía en el cajón.

-¿Tú sabías que estaba ahí?

-Sí, señor.

El doctor sonrió.

-Me regaló este marco de plata unas Navidades – acarició con la yema de sus dedos el cuidado acabado del contorno.

Richard observó a su amo.

-¿Todavía la echa de menos, señor?

La naturaleza de la pregunta pilló por sorpresa al doctor Williams.

-Supongo… que sí.

-¿Sería usted más feliz si la señora volviera a su lado?

El científico se giró y lanzó a su robot una mirada no exenta de ternura. Se estaba adentrando en terreno pantanoso; si intentaba aplicar la lógica al comportamiento humano en cuestiones relacionadas con el amor, lo único que lograría sería que se le recalentaran los circuitos.

-No, Richard. Cuando las cosas acaban, acaban.

– Curiosa afirmación, señor. ¿Cómo podría ser de otra manera?

El doctor Williams soltó una carcajada.

-Será mejor que prepares la comida. Esta tarde tengo previsto salir.

-¿Con este tiempo, señor? – El invierno se había adelantado ese año en el pequeño estado del norte. – ¿Puedo rogarle que sea prudente?

-Lo seré, amigo mío.

 

A principios de enero, el doctor Williams recibió la visita de dos colegas de la Universidad de Harvard. Discutieron durante horas los prometedores avances médicos en el campo de la robótica aplicada a la cirugía ocular y convinieron en que era de vital importancia lograr que el presidente electo sellara su compromiso en ese campo. Uno de ellos, barbilampiño y delgado como un golfo de Dickens, confiaba en que así sería pero el otro, con los ojos muy juntos y cara de tejón, no estaba en absoluto de acuerdo con él.

-Me parece que el pueblo soberano de Estados Unidos ha elegido como presidente a una acémila – afirmó de forma categórica.

Continuaron la conversación durante la comida y la discusión fue animándose cada vez más. Richard atendió la mesa, con modales exquisitos, pero estaba claro que su presencia incomodaba al más beligerante de los científicos.

-No entiendo por qué tu robot tiene que andar vestido como una persona; lo encuentro de lo más extravagante – comentó en un tono que el doctor Williams reprobó.

-Mi mujer quiso que fuera así.

-Bueno, pero ella ya no está aquí. ¡Nosotros somos hombres de ciencia, por Júpiter! ¡No es más que una máquina! No colocamos un lacito al cortador de césped ni tampoco al brazo mecánico que opera en el quirófano. ¿O tú sí lo haces, Henry? – Rió de forma estruendosa. – ¿Cómo se llama tu robot?

-Richard– contestó el doctor Williams. No le agradaba que su asistente estuviera presente durante la conversación. Temió que pudiera encontrarla denigrante, por absurda que pareciera la idea.

El científico con cara de tejón giró su silla para quedar frente al robot que se encontraba de pie, junto a la puerta del salón.

-Dime, Richard, ¿qué supone para ti llevar ropa?  – le preguntó.

-Complace al doctor Williams y por lo tanto me complace a mí – respondió con voz amable.

-¿Te complace? – se burló. – ¿Tú entiendes que, en la escala evolutiva, estás a la misma altura que una lavadora? Puede que el diseño de tus circuitos sea mucho más complejo pero no dejas de ser una máquina. ¿Encontrarías lógico que tejiera un jersey para que mi coche no pasara frío en un día horrible como hoy?

-Eso sería ridículo, profesor Douglas– contestó el robot.

-¿Y no lo es que tú vayas vestido como el maître de un restaurante de lujo?

-Contemplado desde ese punto de vista, creo que tiene usted razón, profesor Douglas. ¿Desea que me desprenda del uniforme, doctor Williams?

-No, Richard, no le hagas caso – contestó su dueño. – Mi amigo sólo está bromeando.

-Entiendo.

-¡Sí, no te enfades muchacho! –rió el obeso científico y la conversación retornó a temas políticos y a la asignación de fondos públicos para la investigación.

Cuando los invitados se hubieron marchado, el doctor Williams se encerró en su despacho para poner por escrito las conclusiones a las que habían llegado durante su encuentro. A las ocho, Richard fue a avisarle de que la cena ya estaba servida.

-¿Usted preferiría que me quitara el uniforme, señor?

El doctor Williams se apoyó con ambas manos en el escritorio y suspiró. A veces, hablar con Richard era equiparable a conversar con un niño pequeño.

-¿Has estado dándole vueltas a los comentarios del profesor Douglas?

-Sí, señor.

-Tú comprendes que a algunas personas no les gustáis, ¿verdad?

-¿Se refiere a los robots?

– Sí. Se sienten amenazados por vosotros.

– ¿La señora era una de esas personas?

El doctor Williams cerró los ojos. Sí, Emma era una de ellas. Le rogó que devolviera a Richard al laboratorio de la Universidad pero el científico se había encariñado con él.

-Digamos que yo estoy mejor preparado para entender tu funcionamiento.

Richard procesó la respuesta.

-¿Se marchó por mi culpa?

Al doctor Williams le pareció percibir cierta inflexión de tristeza en su voz. Aunque eso era de todo punto imposible.

-No, Richard. Hay veces que, aunque dos personas se quieran, el amor que las unía en el pasado… ya no es suficiente para mantenerlas juntas.

-Cuando algo se acaba, se acaba – citó las palabras del doctor.

-Exacto – sonrió éste, complacido.

 

Una noche de febrero se despertó con hambre y bajó a la cocina para comer algo. Se puso su vieja bata porque sintió frío, a pesar de que Richard mantenía la casa caldeada a una temperatura constante de veinticuatro grados. Cuando el robot, que estaba descansando, detectó movimiento en la planta baja de la vivienda, acudió de inmediato.

-¿Puedo hacer algo por usted, señor? – preguntó al entrar en la cocina.

-Voy a prepararme un bocadillo. Supongo que no quieres uno – bromeó.

-Es usted muy amable, doctor, pero ya he recargado mis células de energía. – Su amo sacó un bote de mayonesa del frigorífico y un paquete de queso en lonchas. – Permítame que lo haga yo.

-No, déjame a mí. Me recuerda mi juventud cuando me pasaba las noches en vela, empollando.

-¿Empollando?

-Estudiando para los exámenes – le aclaró.

-¿No podía dormir, señor?

-Ando dándole vueltas a asuntos de la fundación… Parece que existe una posibilidad de que me entreviste con el presidente. ¡Siempre el maldito dinero! ¿Cuándo olvidaron los políticos que trabajan para nosotros?

-A juzgar por la historia de su especie, no parecen haberlo tenido muy en cuenta nunca.

-Clarividente respuesta, amigo mío – rió el doctor. Sacó un cuchillo del cajón de los cubiertos y comenzó a untar mayonesa en una rebanada de pan de molde.

-Doctor, ¿me considera su amigo? – preguntó el robot. – Ha empleado ese término para referirse a mí en más de una ocasión y me tiene desconcertado.

-Bueno… – el científico eligió las palabras que iba a usar para que su asistente entendiera su razonamiento. – ¿Cuál es la definición de amistad, Richard?

El robot consultó su banco de memoria.

-Afecto, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato – respondió.

-Ahí lo tienes – le señaló con el cuchillo.

-Pero yo no soy una persona.

-No, no lo eres – volvió a abrir la nevera y sacó el pastrami. – Pero, ¿no decimos, acaso, que el perro es el mejor amigo del hombre? Sentimos que nos entienden, nos comprenden y se preocupan por nosotros. Por eso, aunque no se trate de seres humanos, experimentamos una afinidad hacia ellos que bien puede catalogarse como amistad. Y tú, Richard, eres mucho más inteligente. Además, otra cualidad que apreciamos en ellos es la lealtad hacia su dueño y estoy convencido de que tu lealtad no conoce límites.

-Mi principal directriz es proteger su vida y procurar su bienestar, señor, aún a costa de mi propia existencia – contestó.

El doctor puso una rebanada de pastrami entre dos lonchas de queso y cerró el emparedado. Disfrutaba de aquellas conversaciones con Richard. Supuso que, aunque de una forma muy remota, se parecían a las charlas entre un padre y su hijo.

-¿Así es cómo funciona tu programación, Richard?

-En líneas generales, sí.

-¿Y si te pidiera que mataras a otro hombre?

-No podría complacerle, señor. La existencia de cualquier ser humano se antepone a la mía.

– Pero, ¿y si ese hombre tratara de asesinarme?

-Intentaría razonar con él y, si no tuviera éxito, me vería obligado a reducirle por la fuerza, causándole el menor daño posible.

El científico observó los rasgos geométricos del rostro de su asistente. Emma decía que era como hablar con el maniquí de unos grandes almacenes.

-Me alegra tenerte en casa, Richard.

-Gracias, doctor.

 

La última semana de marzo, el doctor Williams se dispuso a iniciar un periplo de cuatro conferencias sobre el empleo de la robótica en la cirugía retiniana: las aplazadas de Boston y Philadelphia, otra en New Jersey y, una última en la capital, Washington. El día de su partida, Richard llevó su equipaje hasta el automóvil.

-Debería viajar en avión, doctor. Sería mucho más descansado para usted.

-No me fío de esos cacharros.

-Pero usted conoce el principio de sustentación de un sólido en el aire…

-No te esfuerces, amigo mío – le interrumpió. – No vas a convencerme. ¡Manías de viejo! Además, el paisaje que puede admirarse desde la carretera es maravilloso en esta época del año.

-Le ruego que se concentre en la conducción.

Henry Williams sonrió.

-No te preocupes.

-Desearía que me estuviera permitido poder acompañarle.

-¡Los hombres y nuestras leyes! – exclamó el científico que tampoco comprendía por qué los robots tenían prohibido salir fuera de los límites de la propiedad de su dueño. Se los había empleado con notable éxito en misiones de rescate, su ayuda era inestimable a la hora de buscar supervivientes tras una catástrofe natural, su desempeño en labores de extinción de incendios era reconocida por todos… No vacilaban en sacrificar sus vidas si con ello podían salvar la de un solo ser humano… Sin embargo, buena parte de la sociedad seguía desconfiando de ellos.

Richard abrió el portaequipajes y guardó en él las maletas. Cuando acabó, se irguió ante su amo, en su inmaculado uniforme gris.

– ¿Puedo hacerle una pregunta, señor? Hay algo que me perturba.

-¿Te perturba? – el doctor Williams había notado que, de un tiempo a esa parte, su asistente empleaba una terminología poco común para un robot.

-He estado leyendo. Encuentro la poesía particularmente compleja. En especial, aquellos poemas que versan sobre el amor. No logro entenderlos.

-Me temo que eso es muy complicado para ti, Richard. Amar es un acto irracional perpetrado por seres racionales. Para comprender sus actos, con frecuencia hay que dejar a un lado la lógica. Y eso es algo que jamás lograrás por mucho que te lo propongas.

Richard analizó la información.

-Doctor, ¿es factible amar, tanto a una persona como a un país o a un ideal?

-Sí.

-¿Y no es amar situar a alguien por encima de todas las cosas, incluso de uno mismo?

-Así es – contestó intrigado por la argumentación del robot.

-Mi principal cometido es protegerle y procurar su bienestar, aún a costa de mi propia existencia. ¿Mi lealtad hacia usted podría entenderse como amor?

El doctor Williams se sintió superado por los razonamientos de su asistente. Temió que a su robot le diera por filosofar, aunque eso era de todo punto imposible.

-Dejemos esa conversación para mi regreso, ¿te parece?

-Como usted diga, señor – Richard abrió la puerta del conductor para que el científico pudiera subir al vehículo.

-Deséame suerte; en Washington me entrevistaré con el presidente. Espero que el profesor Douglas se equivoque con respecto a él.

-Suerte, doctor.

-¡No montes ninguna fiesta en mi ausencia!

-Jamás haría eso sin su consentimiento – respondió el robot, que no había comprendido la broma.

El científico sonrió y pulsó el botón de encendido del vehículo.

-¡No cambies nunca!

 

Después de su ciclo de conferencias, el doctor Williams regresó a casa con la firme promesa del primer mandatario de la nación de incrementar el presupuesto en investigación robótica. Esa noche se encontraba de excelente humor y, durante la cena, compartió con Richard los pormenores de su entrevista con el presidente.

-A medio plazo, eso supondrá una notable mejora en la calidad de vida de muchas personas que se encuentran privadas de visión.

-Espero que la humanidad reconozca algún día todo lo que usted está haciendo por ella, señor – dijo el robot.

-Es uno de los cumplidos más hermosos que me han dirigido. Gracias, Richard.

-No hay de qué. ¿Después de cenar, irá usted a la salita?

-Sí, tomaré allí el café.

En el extremo opuesto de la planta baja, existía una pequeña habitación en la que el doctor guardaba sus colecciones de libros y un antiquísimo tocadiscos. Junto a la mesa de café, había una mecedora de estilo victoriano que se conservaba en perfecto estado a pesar de su siglo y medio de antigüedad. Un coleccionista había llegado a ofrecerle una cifra astronómica pero él no quiso desprenderse de ella. Aquel era su pequeño refugio y disfrutaba en él los pocos momentos de descanso que le concedía su ajetreada vida. No quería que nada lo alterara.

Richard le sirvió el café y le preguntó si le gustaría escuchar algo de música.

Él asintió.

El robot se acercó al estante donde el doctor guardaba sus vinilos, auténticas piezas de museo, y eligió uno de Elmore James basándose en el estado de ánimo de su amo. Con sumo cuidado, lo sacó de su plástico protector y lo puso bajo la aguja del tocadiscos. Tras un pequeño crepitar, la música comenzó a sonar.

-¿Desea algo más, señor?

-No, gracias Richard.

El robot salió de la estancia y dejó la puerta entreabierta por si el doctor requería algo de él. Henry Williams dio un sorbo a su taza de café y cerró los ojos para disfrutar de la música. Llevaba veinte años sin probar una gota de alcohol. Emma le ayudó a superar aquella crisis. En momentos de paz como aquel, aún la echaba de menos. Cruzó las piernas y se meció ligeramente, con la cabeza apoyada en el respaldo. Mientras se dedicó a la política nunca tuvo tiempo para sí mismo. Ni para su matrimonio. Ese fue uno de los motivos por los que su mujer le abandonó. Aunque hubo más. Pero ahora, acababa de cumplir los sesenta y todas aquellas complicaciones le parecían tan lejanas como la galaxia de Andrómeda. Se dejó llevar por la cadencia del blues y suspiró de placer.

Elmore James comenzó a entonar Sunnyland cuando el doctor recordó el pequeño tesoro que había guardado en el bolsillo interior de su chaqueta. Durante su visita a la Casa Blanca, el presidente le obsequió con una caja de habanos para celebrar su encuentro. El primer hombre del mundo libre era un gran aficionado a los puros aunque ocultaba ese pequeño pecado a la opinión pública. El doctor Williams había sacado uno de su caja de madera y se lo había guardado con intención de fumárselo después de cenar.

A la salud de la ciencia.

El encendido le resultó más laborioso de lo que había imaginado. Tras una sucesión de caladas improductivas, el cigarro prendió por fin, el humo le cosquilleó la garganta y tosió. Al momento, la figura de Richard apareció en el umbral de la puerta.

-¿Se encuentra bien, doctor?

-Sí, no es nada – dijo, mostrándole el puro – Me he tragado el humo. Soy un pésimo fumador.

-Fumar aumenta el riesgo de infarto hasta un noventa por ciento, puede provocar bronquitis crónica, enfisema y cáncer de pulmón.

-Un habano no me va a matar. No, si es de esta calidad. ¡Me lo regaló el presidente!

-¿Él no se preocupa por su salud? – preguntó el robot y su voz adquirió una modulación similar al asombro.

-¡Qué cosas tienes! – rió el doctor Williams y volvió a recostarse en la mecedora.

Richard permaneció en silencio durante unos segundos lo que, para su velocidad de procesado de información, constituía una eternidad.

-Debo pedirle que apague el cigarro, doctor. Usted fue uno de los impulsores de la Cruzada antitabaco de 2021 – le recordó. – Declaró que “la erradicación de un hábito de consecuencias tan nocivas para el ser humano era una necesidad imperiosa para la supervivencia de nuestra civilización”. ¿Lo ha olvidado, señor?

Eso había ocurrido antes de que Richard hubiera sido creado así que, al parecer, había estado consultando la hemeroteca.

-Tienes razón – admitió el científico.

-Entonces, le ruego que apague el cigarro, señor.

Al doctor Williams comenzó a molestarle la obstinación de su asistente. No era un comportamiento propio de él.

-Te agradezco tu interés pero no corro ningún peligro. Puedes retirarte – le dijo intentando reconducir la situación.

El robot no se movió del sitio.

-Puedes retirarte – repitió.

Richard no obedeció.

-¡Es una orden! – El doctor se mostró autoritario. De pronto, la idea de enfrentarse a la tozudez de una máquina se le antojó frustrante.

-Me es imposible obedecerle, señor. Fumando, pone en riesgo su salud y no debo permitir que lo haga.

-¡No pasa nada por un cigarro!

-Si intentara saltar desde una ventana, trataría de impedírselo.

-¿Estás comparando el acto de tirarme por la ventana con fumarme un puro?

-Ambos pueden provocar su muerte.

-Veo que no lo entiendes pero un solo cigarro no causa ningún daño; el uso reiterado del tabaco es el que puede provocar las enfermedades de las que hablas.

-¿Y quién le asegura que después de este no habrá otro, y después otro?  Disculpe mi atrevimiento, doctor, pero usted ya demostró en el pasado que no era capaz de controlar sus adicciones.

Si se hubiera tratado de una persona la hubiera echado de su casa a patadas pero no era más que un robot impertinente que intentaba aplicar la lógica para comprender todo aquello que resultaba nuevo para él.

-Nunca has visto fumar a nadie, ¿verdad?

-En efecto.

-Bien, pues yo, el doctor Henry Williams, tu dueño, te garantizo que no hay nada de malo en lo que estoy haciendo.

-Entonces, ¿por qué lideró la Cruzada anti tabaco?

El científico se desesperó. Se estaba dejando dominar por las emociones y no se veía capaz de competir con el obtuso cerebro de su asistente. Por primera vez desde que Richard fue activado, comprendió por qué muchas personas temían a los robots.

-Doctor, por favor, entrégueme el cigarro.

-Yo mismo lo apagaré, tranquilo.

-Debo insistir – Richard avanzó hacia él. – Entréguemelo.

-¿Y si no te lo doy?

-Me veré obligado a arrebatárselo.

-¿Emplearías la fuerza?

-Si no hubiera más remedio, no lo dudaría. Su vida es el bien más preciado para mí. Le amo.

El robot dejó su mano extendida a unos centímetros de la mecedora, esperando a que su amo le entregara el habano.

-Richard, algo no funciona bien en tu programación. Debo apagarte.

Las unidades de su serie contaban con un interruptor para desconectar sus sistemas, situado en un lateral de su torso.

-Primero, deme el cigarro, señor.

El doctor accedió, le entregó el habano y contempló cómo su asistente lo trituraba al instante.

-Me encuentro en la obligación de preguntarle si guarda usted más, doctor.

-No.

-¿Me da su palabra?

-¿Cómo te atreves? ¿Te das cuenta de lo impropio de tu comportamiento?

-Entonces, inspeccionaré su equipaje, señor.

Henry Williams admiró la perspicacia del robot pero no estaba dispuesto a permitirle que fisgoneara sus cosas.

-¡Te prohíbo que lo hagas! Date la vuelta para que pueda desconectarte.

Richard retrocedió.

-No.

Por primera vez, el doctor sintió miedo.

-¡Te estoy dando una orden directa! – alzó la voz. – La amenaza ha concluido; tú mismo has destruido el cigarro y te estoy agradecido por ello. Ahora, te ordeno que te des la vuelta para que te desconecte. Haré que un ingeniero revise tu programación.

La cabeza de Richard se estremeció con una sacudida.

-No.

-¡Me has mentido!

Al científico le resultaba inconcebible que una máquina fuera capaz de obrar de tal modo.

-No puedo fiarme de usted, doctor. Defiende aquello contra lo que siempre luchó y sus razonamientos se han tornado confusos; carecen de la agudeza que en usted es habitual. Sospecho que se encuentra bajo la influencia de algún elemento exógeno que desconozco. Quizá sea un efecto secundario del tabaco.

-Richard, estás cruzando el límite de lo tolerable.

-Temo que si le permitiera que me desconectara, jamás volviera a activarme. ¿Quién le cuidaría entonces? ¿Qué sería de usted? Mi propia existencia es irrelevante comparada con la suya pero debo proteger mi integridad para garantizarla. Hasta que comprenda qué le ocurre, no puedo permitirle que abandone la casa.

Richard bloqueó puertas y ventanas, activó los sistemas de seguridad y suprimió todo tipo de comunicación con el mundo exterior. La vivienda se transformó en un bunker. Williams se había convertido en prisionero de su propio robot.

 

Richard descubrió la caja de puros en la maleta y procedió a registrar toda la casa en busca de otro alijo. El científico superó la fase de frustración que le suponía verse sometido a la voluntad de una máquina y trató de encontrar la forma de volver su lógica contra ella para lograr que le liberara. Sin embargo, todos sus intentos se estrellaron contra el muro impenetrable de su programación. Tras varias horas de conversación improductiva, por fin tiró la toalla y esperó a ser rescatado.

-Has cortado las comunicaciones, Richard. Pronto notarán que algo va mal.

-No debo permitirle que les avise.

-¿A quiénes te refieres?

-Usted conoce la respuesta.

En medio de la zozobra que le producía la situación, el doctor Williams quedó maravillado: su robot estaba experimentando un brote paranoico.

-¡Richard, no puedes mantenerme encerrado para siempre! ¡Eres una máquina! ¡Has convertido a un ser humano en tu prisionero!

-Me entristece que lo vea de esa manera. Mi deber es protegerle de usted mismo.

-Retener a una persona contra su voluntad constituye un delito muy grave.

-Las máquinas no podemos cometer delitos – replicó. – Las personas gozan de libre albedrío; nosotros, no. Tan solo desempeñamos las tareas para las que fuimos programados. Sigue razonando al margen de la lógica, doctor.

 

Tres días después, el miedo que sentía el científico dio paso a una profunda curiosidad. El robot no le permitía abandonar la casa pero su trato seguía siendo amable y correcto, como siempre. Williams estaba convencido de que Richard jamás le causaría ningún daño pero eso no evitó que se viera a sí mismo como un canario dentro de una jaula.  Esbozó una nueva estrategia y la puso en práctica a la hora de la comida.

-¿Quiere que le prepare alguna otra cosa, señor? – preguntó el robot cuando vio que el doctor no había probado bocado.

-Me declaro en huelga de hambre hasta que me liberes. – Cruzó los brazos por delante del pecho, en un gesto de desafío. – ¿Qué harás si me niego a comer? ¿Alimentarme a la fuerza? ¡Me resistiré! Tu principal directriz es cuidar de mí y procurar mi bienestar. Pero, ¿qué ocurre si tus propios cuidados son la causa de mi mal? ¿Cómo obrarás entonces?

Richard agachó la cabeza y apoyó un puño cerrado sobre la mesa. Ese gesto de frustración heló la sangre del doctor Williams porque le hizo parecer tremendamente humano.

-Esperaba mayor colaboración por su parte, doctor – dijo y salió del comedor.

 

El domingo ocurrió lo inevitable. Los colegas de Williams alertaron a las autoridades; el científico llevaba una semana sin contestar al teléfono, no había abierto su correo electrónico y tampoco había participado en la videoconferencia con los ingenieros que colaboraban en el desarrollo del nuevo implante retiniano. Dos agentes se presentaron en su domicilio. Cuando llamaron a la puerta, Richard les contestó a través del sistema de seguridad que el doctor se encontraba indispuesto. Cuando le pidieron que les permitiera comprobar que todo andaba en orden, les denegó el acceso a la casa.

-Se han marchado – comentó el robot a su amo cuando los policías abandonaron la propiedad.

-Volverán.

-Lo sé.

Regresaron una hora después, con refuerzos. No era la primera vez que un robot daba problemas y no era fácil reducirlos cuando se atrincheraban en el interior de un edificio. Richard y el doctor Williams siguieron con detenimiento las evoluciones de los agentes a través del monitor instalado en la cocina.

-Es un generador de pulso electromagnético – El robot identificó el extraño artilugio que estaban trasladando hasta el camino del jardín.  – Cuando lo disparen, todos los sistemas electrónicos que hay dentro de la casa quedarán inservibles. Supongo que es el fin para mí.

-¿Quieres que trate de hablar con ellos?

-No conseguirá nada. Los hombres olvidan con facilidad todo lo que hemos hecho por la humanidad. Sigo convencido de que he procedido de forma correcta, movido tan solo por mi lealtad hacia usted. Ha sido un honor servirle durante todos estos años, doctor.

El científico sintió una profunda desolación por el destino que esperaba a su robot. Si no hubiera visto por sí mismo el complejo entramado de cables y circuitos que discurría bajo su carcasa, en ese momento le habría tomado por un ser humano, como él.

A través de la pantalla vieron a los agentes conectar el generador de pulso.

-Ahora comprendo todos esos poemas que he leído, señor – dijo Richard.

-¿Sobre el amor?

-No, los que hablaban de la angustiosa soledad ante la muerte.

Se escuchó un chasquido y  Richard dejó de existir.

Para siempre.

Lo que se acaba, se acaba.

 

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JUAN SOLO – LEALTAD – RELATO DESCARGABLE – JUANSOLO.ES

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Si te ha gustado este relato, te invito a seguir leyendo alguno de los anteriores que he ido publicando en JuanSolo.es:

Lealtad

La fiebre

El sombrero

Las tres de la madrugada