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La fiebre – Relato descargable – Juan Solo

La fiebre – Relato descargable – Juan Solo
26/02/2016 Juan Solo
La fiebre - nuevo relato descargable de Juan Solo
Este es mi segundo relato, “La fiebre“. Puedes leerlo ahora si gustas o descargártelo (abajo) completamente gratis, y hacerlo en otro momento, cuando dispongas de más tiempo. Verás que este es muy diferente del anterior, “El sombrero“. Podríamos decir que más intenso, como lo es la propia fiebre…
Espero que lo disfrutéis y, si os gusta, lo compartáis con quien creáis que podría estar interesado en leerlo.
Gracias por estar siempre ahí.

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LA FIEBRE

Examiné la rueda de mi vieja bicicleta. Algo que parecía un trozo de hierro se había clavado en el neumático trasero, lo extraje con la ayuda de unas tenazas y el aire escapó por la herida de caucho con un pequeño siseo.

¡Schsssssss!

Uno de los caballos lo confundió con una serpiente, se encabritó y golpeó un quinqué de petróleo que colgaba de una traviesa. La lámpara cayó al suelo del establo, la paja comenzó a arder y las llamas alcanzaron las vigas sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Los animales relinchaban de terror y coceaban los listones de madera intentando huir de aquel infierno mientras el fuego proseguía su avance, devastador. Mi padre gritó algo pero no logré entenderle. La viga maestra se desprendió del techo, devorada por lenguas de fuego, y estuvo a punto de atraparme en su caída. Mirara a donde mirara, no había escapatoria. Desperté con el calor abrasándome las mejillas y me llevó unos segundos comprender que no iba a morir en el incendio de un establo. Todo había sido un sueño. Me encontraba en mi habitación, solo. Ni había caballos ni tampoco mi padre estaba allí. Poco a poco comencé a distinguir en la penumbra las formas familiares de la cómoda y la silla sobre la que había dejado la ropa que llevaba puesta el día anterior. A través de la ventana entreabierta me llegó el rumor del poco tráfico nocturno pero ni el más mínimo soplo de aire. Según los periódicos nos estábamos enfrentando a la peor ola de calor de los últimos cien años. Estiré el brazo para alcanzar el vaso de agua que había dejado en la mesilla antes de acostarme pero estaba casi vacío. El escaso líquido que quedaba en él, caliente como orina de gato, se escurrió por mi garganta.

¿Por qué habría soñado con mi padre? ¿Y qué demonios hacíamos allí?

Reconocí mi vieja bicicleta Orbea en el sueño pero yo nunca había estado en un establo. Los únicos caballos que recordaba haber visto de cerca eran los que utilizaba la policía nacional para patrullar alrededor del campo de fútbol los domingos de partido. Pero, ¿un establo? Tenía el aspecto de esos cobertizos que aparecían en las películas americanas de los años cincuenta, donde el vaquero trataba de robarle un beso a la hija del terrateniente. Establo, cobertizo, pajar… Para mí todo era lo mismo. Miré la hora en el despertador, las dos y cinco de la madrugada, y tuve la certeza de que no volvería a conciliar el sueño.

¿Por qué demonios había tenido que soñar con mi padre?

El viejo no dejaba de sermonearme en la pesadilla, tal y como había hecho en vida. Resoplé. La cabeza me continuaba ardiendo. Quizá aún tuviera fiebre…

Mateo, mi padre, o don Mateo, como le llamaban los vecinos, había sido un hombre recto y cabal, esposo honrado y empleado ejemplar. Cuando se hartó tanto de una cosa como de la otra, se arrojó al metro, una mañana de primavera lo que provocó que el servicio permaneciera interrumpido en la Línea 1 durante más de dos horas. Años después, un policía me contó que era algo que sucedía más a menudo de lo que imaginaban los usuarios, aunque existía un pacto tácito para no dar publicidad a los casos de suicidio por temor a que cundiera el ejemplo.

– Cuando te preguntes por qué se ha parado el metro en medio de un túnel y el maquinista de marcha atrás, piensa mal y acertarás – me dijo.

Tosí y me dolió el pecho.

Yo nunca había pensado en suicidarme. Claro que, hasta esa semana, tampoco había considerado la posibilidad de matar a otro ser humano, si es que Adolfo, mi jefe, merecía ser incluido en tal categoría. Había imaginado su muerte en alguna ocasión, pero sólo como fruto de un saludable pasatiempo mental, como vía de desahogo. ¿Quién no ha fantaseado con librarse de sus problemas por la vía rápida?  Mi padre lo logró, a su manera.

– La vida es un regalo maravilloso – me adoctrinaba, de crío. – Somos las personas quienes la convertimos en un lodazal inmundo.

Si se hubiera aplicado un poco de su propia filosofía quizá no habría acabado bajo las ruedas del convoy que entraba en la estación de Ríos Rosas y mucha gente no habría llegado tarde a trabajar aquel día.

Aparté a un lado la almohada, empapada por el sudor febril, y me tumbé boca arriba, con las manos cruzadas bajo la cabeza. La garganta me dolía al tragar y los ojos me escocían. ¡Maldito aire acondicionado! Me preocupaba haber cogido algo más serio que un simple catarro. Palpé con la punta de la lengua las llagas que me habían salido en el paladar y caí en la cuenta de que no me había tomado el antibiótico antes de irme a la cama. Tres pastillas, una cada día, me había indicado el farmacéutico.

Si Clara estuviera aquí, me cuidaría.

Decidí esperar hasta el viernes y, si para entonces no había mejorado, visitaría al médico, aunque tuviera que pedirle un par de horas libres a Adolfo.

Tosí de nuevo y noté una flema pastosa en la garganta. Iba a ser una noche larga.

 

Mi jefe era un tipo enorme, de más de metro noventa de estatura y un volumen descomunal. Ninguno de los empleados de TELCRON nos atrevíamos a montar con él en el ascensor por temor a que no soportara su peso y nos precipitáramos al vacío. Se desplazaba con la torpeza de un elefante marino en tierra firme y de haber creído en la reencarnación, no me habría sorprendido que, en una existencia previa, hubiera pasado sus días tumbado en una playa de la Patagonia, defendiendo su harén de la intrusión de otros machos a barrigazos. Porque Adolfo Sanabria estaba casado y, por inconcebible que pudiera parecer, su esposa era una criatura angelical, de porte elegante y modales refinados; se llamaba Miranda. Cada vez que se presentaba en la oficina para hacer una visita a su marido, levantábamos la vista de forma distraída para admirar su silueta al pasar. Adolfo lo sabía y disfrutaba con ello: para él no era más que otro trofeo a exhibir, como el todoterreno que aparcaba siempre a la vista de todos a pesar de poseer plaza de garaje propia o el reloj de cuarenta y cinco mil euros del que tanto le gustaba presumir.

El elefante marino estaba forrado. Su familia poseía una funeraria en Ciudad Real y, como nunca faltaban clientes para el negocio, nadaban en la abundancia. Adolfo estudió informática y, cuando le llegó el momento, rehusó hacerse cargo de la tradición familiar e intentó montar su propia empresa. Tras un par de intentos fallidos recaló en Toledo donde fundó Sistemas TELCRON.

– A él, su viejo le dejó una fortuna y tú, a mí, solo un montón de traumas psicológicos – dije en voz alta por si mi padre podía escucharme desde dondequiera que estuviera.

Adolfo era un déspota y disfrutaba humillándonos, sabedor de que, dada la precariedad del mercado laboral en nuestro sector, podía apretarnos el dogal cuanto quisiera. Era grosero, desconsiderado y carecía del más mínimo decoro; eructaba sin importarle quién estuviera delante y, cuando paseaba por entre las mesas para supervisar nuestro trabajo, rara era la vez que no dejaba escapar una ventosidad en nuestras propias narices. Su aseo personal constituía un capítulo aparte; en los meses de verano, cuando más apretaba el calor, emanaba un olor nauseabundo mezcla de sudor concentrado, falta de higiene y colonia, que me revolvía las tripas.

– ¡Huele como si le echaras un frasco de Brummel a un maldito camello! – grité al techo, tumbado en la cama.

Clara y yo pasamos una Semana Santa en Tenerife. Por aquella época las cosas aún iban bien entre nosotros. Ella se empeñó en dar un paseo a lomos de una de esas bestias y, aunque a mí no me apetecía en absoluto, accedí a acompañarla. Clara disfrutó de la excursión pero, a mí, el hedor de aquel animal inmundo se me quedó grabado en el cerebro para siempre.

Así apestaba Adolfo.

 

Tuve un acceso de tos y sentí como si me estuvieran arrancando los pulmones a tiras. Decidí levantarme para ir a la cocina y tomarme la dosis de antibiótico que había olvidado. Puse primero un pie en el suelo como cuando volvía a casa borracho y toda la habitación me daba vueltas; lo llamábamos el helicóptero. Decían que si “echabas el ancla” la habitación dejaba de girar. ¡Cómo añoraba las fiestas de la facultad!… Después planté el pie derecho. Quizá debería haber seguido el orden inverso, por aquello de la mala suerte. Me incorporé con gran esfuerzo y quedé sentado a un lado de la cama. El pecho me ardía como si hubiera respirado gasolina y me tomé un descanso para recuperar las fuerzas.

– Papá, enciende la luz.

No lo hizo. ¡Claro que no! Me pregunté cuánta fiebre haría falta para delirar con tu padre muerto.

¡Maldito Adolfo! ¡Tú tienes la culpa de todo!

 

Al poco de ser contratado en TELCRON, mi jefe la tomó conmigo. Nunca he sido un tipo conflictivo, cualidad que no debe ser confundida con la sumisión. Rara vez presento batalla; sé que lo mejor que puedes hacer con un matón es no plantarle cara porque acaba por aburrirse y decide buscarse otra víctima a la que martirizar. Aunque  el odio me reconcomiera y quisiera arrancarle el corazón con mis propias manos contaba hasta cincuenta, hasta mil si fuera necesario, y no rechistaba. Me funcionó en el colegio con los que me llamaban cara de cereza y también me dio resultado con Adolfo.

El colegio… Mis compañeros se cebaron conmigo pero no les culpo; un crío raro siempre es motivo de diversión.

 

Apoyé ambas manos sobre el colchón de la cama y me puse de pie. La habitación me dio vueltas y unas enormes manchas cambiantes ocuparon mi campo de visión. Sí, tenía fiebre. Y parecía que mucha.

¡Voy a hacerte tragar tu maldito aire acondicionado, gordo de mierda!

Sentí un escalofrío y me saqué la camiseta empapada por la cabeza. En la habitación debía de haber, como poco, treinta grados pero, aún así, tenía frío. Di dos pasos tambaleantes y me apoyé en la pared. Aquello se me iba a hacer eterno. Reuní fuerzas durante unos segundos, o quizá fueran minutos, y avancé hasta la puerta, como un bebé que estuviera aprendiendo a caminar. Alcancé el marco y me detuve a descansar, agarrado a él.

 

En enero me atreví a recordarle a Adolfo que aún no me habían abonado los incentivos del ejercicio anterior y eso despertó su lado más perverso. Una tarde de febrero, cuando solo quedábamos nosotros dos en la oficina, cosa bastante habitual porque Adolfo siempre era el último en marcharse, decidió divertirse un rato a mi costa. Yo estaba ocupado tratando de terminar una aplicación absurda que me había encargado a última hora mientras él se entretenía jugando al ordenador en su despacho. Sobre su escritorio había una barra de chorizo que mordía, de vez en cuando, de forma distraída. Al dar las siete de la tarde en el reloj de la iglesia del otro lado de la plaza, abrió la puerta de su cubículo y desplazó su inmensa mole hasta mi puesto con el pesado caminar de un paquidermo.

– ¿Qué le vas a regalar a tu novia por San Valentín? – me preguntó.

– Nada.

Clara me había abandonado a primeros de año para irse con su antiguo novio, pero no quería que el elefante marino dispusiera de tal información.

– ¿Y ella a ti?

– No nos gusta San Valentín – contesté, pero él no pareció darse por satisfecho con la respuesta.

– ¿Seguro? ¿Va todo bien?

Resoplé, hastiado.

– Hemos cortado, Adolfo – Me había propuesto no seguirle el juego, pero ese tema me afectaba de manera especial. – ¿Quién te lo ha contado?

– Miguel Olivares – admitió con su vozarrón de gigante. – Es un lameculos.

Tuve que estar de acuerdo con su apreciación.

– Bueno, pues ya lo sabes.

– Si necesitas cualquier cosa, menos un aumento de sueldo – puntualizó en tono afable – mi despacho siempre está abierto.

– Gracias – contesté, extrañado. Estaba seguro de que tramaba algo. Volví a mi trabajo, pero Adolfo no se movió del sitio.

– ¿Lo echas de menos?

– ¿A Clara? Desde luego.

– No, me refiero a follar. He notado cómo miras a mi mujer. Vamos, no te hagas el sorprendido… En más de una ocasión te he pillado radiografiándole el culo a Miranda. ¿A que tiene un trasero estupendo?

– Adolfo, ¿qué pretendes?

– Que lo admitas – lanzó una risotada que me estremeció. – Si fuera un culo gordo y fofo, como el mío… Pero el suyo está bien formado y te aseguro que cuando lo aprietas sientes ganas de darle lo que se merece – acompañó su comentario de un gesto ilustrativo con ambas manos.

– Adolfo, no podré acabar esto a tiempo si no vuelvo al trabajo ahora mismo.

– Por mí puedes dejarlo; no servirá de nada. Te lo he encargado solo para mantenerte ocupado – contestó con franqueza. – ¡Vamos, somos dos tíos hablando de mujeres!… – Puso una manaza enorme sobre mi hombro y sentí todo el peso de su rebosante humanidad. –  ¿Qué hay de malo en ello?

La situación me resultaba muy incómoda así que accedí a complacerle con la esperanza de que se diera por satisfecho y me dejara en paz de una vez.

– Muy bien, lo admito; tu mujer tiene un culo perfecto.

-¿Lo ves? ¡No ha sido tan difícil! – bramó exultante, pero siguió sin moverse. Levanté la vista hacia él y me encontré con su mirada lasciva. – ¿Tú te la tirarías?

– ¿¡Qué dices!?

– Ella es una mujer joven y yo… – rió como un ogro en una despedida de soltero y se abrazó la barriga – hay cosas que no puedo darle. ¿Te la tirarías delante de mí, solo para que yo mirara?

– ¡Eres un cerdo!

– ¿Recuerdas ese ascenso del que te hablé hace año y medio? Has hecho un gran esfuerzo, tu trabajo ha sido excelente y mereces ese puesto. Si vienes una noche a casa y te lo montas con mi mujer, es tuyo.

– ¡Adolfo, me lo prometiste!

– Y cumpliré mi palabra, siempre y cuando tú cumplas con Miranda. – Sonrió y su papada se ensanchó aún más, como el buche de una rana que estuviera a punto de dar un do de pecho – De la oficina, tú eres el único con el que se iría a la cama.

Aquello ya era demasiado.

– Si me disculpas, tengo trabajo – dije, y volví al teclado de mi ordenador.

– Muy bien – contestó Adolfo tras unos segundos y regresó a su despacho con su caminar pesado.

¡Maldito cabrón!

Yo llevaba mucho tiempo enamorado de Miranda. Era hermosa y dulce, su cuerpo se contoneaba al caminar como trigo mecido por la brisa y su mirada, limpia y serena, me cortaba la respiración. El día que la conocí se acercó para preguntarme si yo era nuevo en la oficina y lanzó sobre mí una especie de sortilegio del que no había sido capaz de liberarme. No podía dejar de pensar en ella.

 

Clara lo sabía y por eso te abandonó, me reprochó mi padre, de pie en el pasillo.

– Papá, estás muerto. No eres más que un delirio, producto de la fiebre.

Clara lo sabía.

– ¡Clara no podía sospechar nada!

Te equivocas. No puedes ocultarle a una mujer que tu corazón pertenece a otra. De alguna forma, ellas lo saben. Siempre lo saben.

– ¡Déjame en paz! ¡Lárgate! – grité al vacío y desapareció. De inmediato noté una punzada de dolor en el pecho y tosí de nuevo.

 

A la semana siguiente a nuestra conversación, Adolfo ascendió a Miguel Olivares al puesto que me había prometido a mí.

– A Miguel no le importó complacer a su jefe – me comentó el elefante marino, días después.

La idea de aquel tiralevitas despreciable acariciando el cuerpo desnudo de Miranda me hacía enloquecer. Supe que tenía que abandonar TELCRON si no quería perder la cabeza y comencé a buscar un nuevo empleo, pero las ofertas en el sector eran muy escasas; el mercado ya no necesitaba más analistas de sistemas.

¡Estudia informática, que es la profesión del futuro!

Eso me decía todo el mundo, pero parecía que el futuro se nos había quedado corto.

 

Di unos pasos fuera de la habitación y sentí deseos de vomitar. Traté de abrir la puerta del baño pero el desastre sobrevino; noté una sacudida violenta en la boca del estómago y ya resultó imposible contener lo que vino después. Creí que los sesos iban a reventarme por el esfuerzo pero se mantuvieron en su sitio. Una vez hube terminado, contemplé los restos de sopa de fideos pegados a la puerta y decidí que me quedaría un par de días en cama sin ir a trabajar.

Adolfo te despedirá, me advirtió la voz de Clara, dentro de mi cabeza.

– No se atreverá – le contesté aún mirando al suelo, con hilillos de bilis colgando de mi boca. – Me necesita.

Encendí la luz del baño, entré procurando no pisar el vómito, abrí el grifo y me mojé la cara con agua fría. La luz me laceraba las pupilas y seguía muerto de sed. Con ambas manos apoyadas en el lavabo y el cuerpo dolorido por las convulsiones, contemplé mi reflejo en el espejo: tenía unas profundas ojeras, el rostro sofocado y el flequillo, largo y lacio, se me había pegado al cráneo por efecto del sudor. Lo había llevado así desde niño, cuando mi madre tuvo la certeza de que la mancha de color rosáceo que cubría la mitad de mi rostro jamás desaparecería. Al principio me avergonzaba de ella y evitaba salir a la calle porque creía que todo el mundo se fijaba en mí. Bueno, en realidad sí que lo hacían. Pero a medida que crecí, aprendí a convivir con esa marca de nacimiento, aunque jamás llegué a aceptarla con normalidad. A Clara no le importaba… ¡Qué injusto fui con ella! Cuando nos tumbábamos en el sofá, le gustaba acariciar su contorno con la yema de los dedos, desde el nacimiento del pelo, en la frente, bajando por la sien y, bordeando la cuenca del ojo, hasta alcanzar la mejilla.

– Me recuerda al mapa de Rusia – me decía.

– Hay mañanas en las que se parece más a Islandia.

Dicen que cuando logras burlarte de tu propia desgracia, significa que estás empezando a superarla. Quizá debiera hacer lo mismo con Adolfo.

No creo que te sea tan sencillo con él, dijo mi padre reflejado en el espejo del baño, detrás de mí, y me dio un susto de muerte.

 

Temía los meses de calor porque Adolfo era uno de esos fanáticos del aire acondicionado. La instalación era antigua y no se podía regular el caudal por zonas. Sólo existían dos salidas; la que él tenía en su despacho y la principal, en el techo, que distribuía el aire por el resto de la oficina. Yo me llevaba la peor parte porque me sentaba justo debajo de ella. Adolfo, siempre sudoroso, lo tenía conectado al máximo de su potencia aunque para él nunca era suficiente. Si la oficina siempre estaba helada, la temperatura de su despacho resultaba de una gelidez insoportable; una Siberia en miniatura. Cuando su secretaria debía entrar a tratar algún asunto con él, antes se ponía el abrigo que tenía colgado del perchero de la entrada, como precaución. A él le daban igual nuestras protestas, por supuesto. La empresa era suya y sus empleados, seres insignificantes que no le merecían ninguna consideración. Sólo había un mando para el sistema de aire acondicionado y Adolfo lo guardaba en un cajón de su escritorio, como un dragón que custodiara un tesoro.

 

Una vez expulsada de mi cuerpo la escasa cena, me encontré algo mejor. Rebotando en las paredes como una bola dentro de una máquina de pinball, llegué hasta la cocina y entré. Me apoyé en la lavadora y abrí el armarito en el que guardaba las medicinas.

Deberías comer algo, dijo la voz de mi padre desde la puerta. Solo que cuando me giré para mirarle no era él sino un enorme oso panda sentado sobre las patas traseras.

– ¿Quién eres tú? – le pregunté, atónito, pero no contestó. Se limitó a observarme con sus enormes ojos negros. Abrí la caja del antibiótico y me encontré con que solo quedaba una pastilla. – ¡Qué raro! El farmacéutico me ha dicho esta mañana que debía tomar una al día…

¿O ha pasado más de un día? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

Esa corriente de pensamiento quedó interrumpida por otra que, en ese momento, juzgué más importante.

– ¡Espera! – grité al oso – ¡Yo te conozco! ¡Eres Kuma, el panda luchador!

Mientras estudiaba la carrera me pasaba las horas muertas jugando al Tekken en la Playstation. Kuma era uno de mis personajes favoritos; como oso era lento de reflejos, pero cuando conseguía atraparte, su abrazo era mortal.

– ¿Qué haces en mi cocina? ¡Lárgate! – le hice un gesto con la mano para que se marchara, como quien intenta espantar a una avispa, pero no surtió efecto. Siguió plantado allí, mirándome, sin abrir la boca. – Muy bien, me da igual. ¡Quédate cuanto quieras! No existes.

Cogí un vaso del fregadero, lo lavé y lo llené de agua. No quería exceder la dosis de antibiótico así que me tomé dos comprimidos de ibuprofeno y dos de 650 mg de paracetamol. Era más de lo que aconsejaba el prospecto pero supuse que los técnicos del laboratorio no pondrían ninguna objeción cuando supieran que estaba compartiendo mi cocina con un oso de trescientos kilos, escapado de un juego de ordenador.

– ¿Qué vas a hacer? – me preguntó, por fin, Kuma con voz profunda.

– Volver a la cama.

– No, con tu jefe.

La alucinación del oso era tan cargante como la de mi padre.

– Ya veré… – contesté de mala gana y cuando me aproximé a él, se desvaneció.

 

A principios de junio, me vi obligado a ponerme un jersey de lana para poder trabajar. Aún así, había días en que sentía cómo el chorro de aire frío me rebanaba la cabeza como esas máquinas que utilizan los charcuteros para cortar finas lonchas de jamón de York. Tardé muy poco en caer enfermo y, aunque al principio parecía que iba a ser un catarro veraniego más, no acabé de librarme de él. Durante los últimos días se había ido complicando hasta convertirse en algo peor. Nadie quería cambiarme el sitio así que rogué a Adolfo, una vez más, que bajara el aire y, como siempre, repitió el mismo juego estúpido conmigo:

– Pero, ¿quieres que lo baje o lo suba, Fernando? Porque, si me pides que lo baje significa que aún tienes calor y yo ya no puedo hacer nada más. Está al máximo. Prueba a quitarte ese jersey tan horrible que llevas puesto.

Yo ya no aguantaba más. Ni a Adolfo, ni el aire acondicionado, ni la frustrante sensación de llevar enfermo más de tres semanas.

– Adolfo, hace mucho frío en la oficina – traté de razonar con él.

– Pues yo tengo calor – zanjó la conversación.

¡Claro, porque tú eres una puta bola de sebo andante!

Tan solo lo pensé. Jamás me atrevería a hablarle así.

Cuando entró la ola de calor, la situación empeoró. Adolfo comenzó a cocerse, enterrado bajo su espesa capa de grasa. El aire acondicionado a plena potencia no lograba aliviarle. Compró un ventilador y lo instaló dentro de su despacho pero ni aún así mitigó su sufrimiento. Una mañana salió de su despacho como un vendaval y cruzó la oficina hacia donde yo me sentaba. Los cristales temblaron como si una estampida de bisontes hubiera pasado por allí.

– ¡Quítate el jersey! – me ordenó.

– Hace mucho frío, Adolfo. Estoy enfermo.

–  ¡Me asfixio sólo de verte con ese puto jersey puesto! ¡Quítatelo ahora mismo!

– ¡No! – me negué

Me agarró por el pecho y me levantó de un tirón.

– Te ordeno que te lo quites o lo haré yo mismo.

– ¡Existen unas normas muy específicas sobre el empleo del aire acondicionado en el lugar de trabajo y tú las incumples todas! ¡Esto parece la maldita Antártida!

Me zarandeó sin esfuerzo y me lanzó contra la silla, que rodó hasta que golpeé contra la mesa del otro lado del pasillo.

– ¡Aquí las únicas normas que cuentan son las mías! – gritó.

– He consultado la ley sobre temperaturas de 2009…

– ¡Me chupa un huevo la ley!

– Podría denunciarte por no respetarla.

Apretó la mandíbula.

– Ten cuidado conmigo – me advirtió.

Volvió a su despacho y cerró de un portazo. Mis compañeros me miraron con una mezcla de gratitud y compasión, como quien ha decidido sacrificar la vida de su hija para aplacar la ira de la bestia y evitar así que destruya el pueblo.

Dos días después, la dirección de la empresa (o sea, Adolfo) emitió una circular en la que se dictaban las normas referentes a la vestimenta de los empleados de TELCRON en su puesto de trabajo. Durante los meses de verano era obligatorio el uso de pantalón de vestir, camisa blanca y corbata. Cualquier otra prenda quedaba prohibida.

Va a por ti. Es cuestión de mera supervivencia. Debes elegir; o tú o él.

 

Volví a la habitación, tambaleándome, y me senté en la cama. El mareo había remitido un poco pero me encontraba débil y me dolía todo el cuerpo, en especial la garganta y la cabeza.   

Cuando era niño y me acatarraba, mi madre me preparaba zumo de limón con miel y lo calentaba un par de minutos en el microondas. Lo llamábamos el brebaje. Recordé que, tan pronto pudiera bajar a la calle, debía comprar limones porque se habían acabado.

Suspiré y volví a tumbarme. La sábana aún estaba húmeda por el sudor.

 

 

El martes comencé a encontrarme muy mal nada más salir de casa. Ya en el autobús, camino del trabajo, no dejaba de toser de forma violenta lo que causó la alarma de los demás pasajeros que se taparon la nariz, discretamente. A media mañana, me sentía incapaz de leer una sola línea de código en la pantalla y pedí permiso a Adolfo para marcharme a casa.

– La mitad de la plantilla está de vacaciones. Si me veo forzado a reemplazarte ahora, no te molestes en volver – me dijo mientras engullía un pedazo de pastel. El teclado de su ordenador estaba lleno de manchas y había migas y restos de comida por todas partes. Era un auténtico puerco.

– Adolfo, por favor…

Me contempló con curiosidad científica.

– Sí que pareces enfermo, Fernando. ¿Estás tomando algo?

– Paracetamol.

– Quizá necesites algo más fuerte. Baja a la farmacia. Te doy treinta minutos libres. Pero luego tendrás que quedarte a recuperarlos, claro.

Debía de considerarse muy generoso. De pronto, quizá fuera por la fiebre, expresé en alto mis pensamientos cuando lo prudente hubiera sido permanecer callado.

– ¿Tú nunca te vas a casa? – le pregunté, extrañado. – Siempre estás aquí; eres el primero en venir y el último en marcharte. No lo entiendo. No lo necesitas.

– ¡El ojo del amo engorda al caballo! – contestó, ufano.

– Si a mí me estuviera esperando una mujer como Miranda, estaría contando los minutos para salir y correr a sus brazos.

Me lanzó una mirada torva.

– Ve a la farmacia. No quiero que te mueras en la oficina. No te imaginas la cantidad de papeleo que conlleva eso.

Sí, el debía de saberlo muy bien. Era el negocio familiar.

El farmacéutico, con el que alguna vez había tomado café, me despachó acitromicina, un potente antibiótico, a pesar de no tener receta.

– Solo son tres pastillas; toma una cada veinticuatro horas. Es importante que lo hagas así. Es muy fuerte – me aclaró. – Si tuvieras un simple catarro no te lo vendería; sería como matar moscas a cañonazos. Pero tienes un aspecto penoso. Tómate uno y métete en la cama hasta mañana. Llévate también este protector estomacal – dijo, y me entregó una caja de Omeprazol. – Y bebe mucha agua.

Volví a subir y me tomé una de las tres pastillas, como me había indicado el farmacéutico. Un rato después, comencé a sentirme mejor. Quizá el antibiótico comenzaba a hacer efecto o puede que tan solo se tratara de mera sugestión. Cuál fuera el motivo no importaba en ese momento; tan solo el resultado. A la hora de la comida, una compañera, que llevaba detrás de mí desde que se hizo pública mi ruptura con Clara, compartió su ensalada conmigo.

– Deberías tomar algo más, Fernando. Ese antibiótico es muy fuerte. A mí me lo recetaron el año pasado. Te deja grogui.

– No tengo apetito.

A las seis y media de la tarde, sólo quedaban dos personas en Sistemas TELCRON: Adolfo, el omnipresente jefe, y Fernando Castillo, el informático pusilánime que volvía a sentir fuego en la garganta.

Un cuarto de hora más tarde, volví al despacho del elefante marino. No habíamos cruzado una sola palabra desde que, en un gesto magnánimo, me permitió abandonar mi puesto de trabajo para bajar a la farmacia. Nada más abrir la puerta, la temperatura, varios grados más baja que en el resto de la oficina, me erizó el vello del cogote y sentí un escalofrío.

– Sólo venía a avisarte de que me voy a casa – le informé desde el umbral.

– ¿Te encuentras mejor?

– La verdad es que no. Creo que me quedaré en cama un par de días hasta que me recupere.

– No puedes – dijo. En su voz no había reproche, solo un tono meramente informativo. – Hoy es martes; espera al viernes y tómatelo libre si lo necesitas. Así dispondrás de tres días seguidos para descansar.

– Adolfo…

– Pasa, por favor. – Acompañó su invitación de un gesto amistoso con la mano aunque había un brillo ladino en su mirada Yo no quería exponerme ni un minuto más a su guarida de hielo pero no me atreví a negarme. – Sólo será un momento, te lo prometo. Siéntate, por favor.

Observé, con aprensión, que el chorro de aire acondicionado caía directamente sobre la silla que había frente a su mesa; la desplacé un poco a la derecha antes de sentarme y, cuando lo hice, comencé a toser.

– ¡Eh, no me vayas a llenar esto de virus! – rió. – ¿Cómo llevas el trabajo?

– Muy avanzado. Si me marcho hoy, el lunes podría ponerme al día.

– He estado pensando en lo que me has dicho esta mañana, Fernando – sonrió, igual que un tiburón a punto de tragarse una sardina y entrecruzó los dedos de sus manos, gordos como salchichas. – A ti te gusta mi esposa, ¿verdad?

– Eso es una tontería.

– No lo es.

Empezaba a tener mucho frío y sólo quería salir de allí.

– Me dijiste que te gustaba su culo – insistió.

– Adolfo, no vamos a volver a hablar de esto. No me encuentro bien.

– Eres tú quien ha sacado el tema esta mañana.

– No me acuerdo.

– Yo sí.

Quiere acabar contigo, susurró una voz en mi cerebro. Pretende matarte de frío.

– Me voy… – dije y comencé a levantarme de la silla.

– ¡¡Quédate donde estás!! – la potencia de su voz me obligó a obedecerle. – Esta mañana te preguntabas por qué soy el último en marcharme a casa. ¿Quieres saber la respuesta?

– No me hagas caso, Adolfo. Tengo fiebre…

-¡No, hijo de puta! ¡Has entrado aquí para hacerte el gallito conmigo! – Me mostró los dientes amarillentos y desiguales.

¡Sal de aquí!, me urgió la voz de mi cabeza. ¡Va a matarte!

– Dormimos en habitaciones separadas porque no puede soportar verme. Pero con mi dinero se vive de puta madre, ¿sabes? ¡Oh, sí! ¡Esa es la verdad! ¡Y a Miranda le gusta la buena vida! El dinero lo puede comprar todo; hasta una mujer hermosa. Veo cómo la deseáis y se me pone dura. ¿Sabes por qué? Porque es mía. ¡Solo mía! ¡Y eso me otorga poder sobre vosotros!

Intenté marcharme de nuevo pero él, con una velocidad sorprendente para su tamaño, se levantó, rodeó el escritorio y plantó sus zarpas sobre los reposabrazos de mi silla para impedir que me pusiera en pie.

– ¿Qué haces, Adolfo? ¡Déjame!

Sentí el escozor de las lágrimas en los ojos.

¡Va a matarte de frío!

– ¿Crees que aquel día, cuando te negaste a acostarte con ella, Miguel te sustituyó? – Su rostro fofo y seboso estaba a menos de diez centímetros del mío. – No, le di cincuenta euros al tío que pide en la puerta del supermercado para que me acompañara a casa y se la tirara.

Pronunció esa última palabra con mucho cuidado para asegurarse de que la entendía.

– ¡Estás loco! – le grité.

– Estaba sucio y lleno de mugre. Miranda lloró pero, ¿crees que protestó? No, porque sabe que le conviene mantenerme contento. ¡Igual que a todos vosotros!

Intenté zafarme pero su peso doblaba el mío. ¡Era como tratar de mover un oso!

¿Un oso?

 

Volví a despertar en la cama, aterrorizado. Una forma comenzó a definirse en mi mente y un terror mortal se apoderó de mí. ¡Él era el oso Kuma, el panda que había aparecido en mi cocina!

¡¿Qué he hecho?!¡Dios mío! ¡¿Qué he hecho?!

Encendí la luz de la habitación con el interruptor de la mesilla, me levanté y llegué a trompicones hasta la silla en la que había dejado mi ropa antes de meterme en la cama. Allí estaba el pantalón y…

¡La camisa blanca!

Cubierta de sangre.

Una mano invisible oprimió mi garganta y me impidió respirar. No era un sueño. Había ocurrido realmente.

 

Él acababa de hablarme del tipo del supermercado y sentí dolor y rabia; dolor por Miranda y una rabia amarga y palpitante. Ese maldito capullo nos trataba a todos como basura y así era como me sentía yo en ese momento. La cabeza me retumbaba con el bombear de la sangre y hacía frío, mucho frío.

¡Va a matarte de frío!

El elefante marino siguió hablando pero yo sólo podía escuchar el sonido del aire acondicionado saliendo por las toberas de la pared.

¡Schsssssss!

– La he obligado a tirarse a toda clase de tíos pero aquel le resultó especialmente desagradable – rió como un loco.

– ¿Por qué me cuentas esto? – le grité. – Noté cómo gotas de sudor me cubrían la frente. No, era imposible sudar allí. Hacía demasiado frío.

¡Schsssssss!

Me sentía miserable.

– Déjame ir, te lo suplico… – le rogué.

– Eres un mierda, como tu padre.

El mastodonte retiró sus manos de la silla y me escurrí por debajo de su costado.

-¡Corre! Quédate toda la semana en la cama si te apetece.

Abrí la puerta del despacho para escapar de aquel manicomio. El corazón me oprimía el pecho y la cabeza amenazaba con reventarme, como un tomate con un petardo dentro.

– Esa noche lloró – dijo y dejó caer su mole sobre la silla que yo había ocupado unos segundos antes. – Había llorado otras veces pero jamás de esa manera. Me preguntó por qué la había obligado a follarse a aquel tipo.

¡Schsssssss!

– Le conté que me había cabreado contigo porque tú te negaste a acostarte con ella. ¿El de la cara deforme?, me preguntó. Menos mal que no quiso, dijo; aún me hubiera dado más asco con él.

Lo que ocurrió a continuación no lo recuerdo con claridad. Sólo estoy seguro de que me di la vuelta, cogí algo de la mesa, algo cortante, y me abalancé sobre él como un loco. Le pillé desprevenido porque, en mi estado, podría haberse librado de mí con un simple manotazo, pero no tuvo tiempo de reaccionar. Me subí sobre sus piernas y se lo hundí en la garganta, bajo la asquerosa papada, una y otra vez. Debía parecer un indio a lomos de un búfalo. Oí el ruido de la hoja entrando y saliendo de su blanda carne y el sonido de la sangre al salpicar. Había sangre por todas partes. Noté su calor en el rostro pero seguí entregado a mi carnicería, sin descanso. Cuando el brazo se me durmió, me levanté y salí del despacho. La sangre me goteaba por la manga de la camisa, teñida de rojo. No miré atrás. Creó que aún quedaba algo de vida en aquella inmensa mole de carne, despatarrada sobre la silla, pero lo único que se escuchaba era aquel sonido, de fondo.

¡Schsssssss!

– Disfruta de tu puto aire – dije, y cerré la puerta.

 

Sentado sobre la cama, sosteniendo la camisa ensangrentada en la mano, no podía concebir cómo había sido capaz de cometer semejante atrocidad.

Ha sido la fiebre, traté de convencerme.

¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Unas horas? ¿Un día? Daba igual; estaba seguro de que darían conmigo. No había escapatoria. Mis huellas debían estar por todas partes. Tuve conciencia de lo estúpida y falta de sentido que había sido mi existencia y lamenté los errores cometidos pero, sobre todo, no haber aprendido nada de ellos.

Por primera vez en días, entró un poco de brisa proveniente de la calle y noté cómo me acariciaba la frente.

¿Qué vas a hacer ahora?, me preguntó Kuma, el oso panda, sentado junto a la ventana.

– Descansar – le contesté y me dejé caer de espaldas sobre la cama, deseando que, cuando volviera a abrir los ojos, el antibiótico ya hubiera hecho efecto.

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Podéis descargarlo en formato pdf pinchando en el siguiente enlace:

JUAN SOLO – LA FIEBRE – RELATO DESCARGABLE – JUANSOLO.ES

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Si te ha gustado este relato, te invito a seguir leyendo alguno de los anteriores que he ido publicando en JuanSolo.es:

Lealtad

La fiebre

El sombrero

Las tres de la madrugada