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La deuda

La deuda
22/06/2017 Juan Solo
La deuda relato descargable de Juan Solo - Juan Solo - Escritor

Sé que me he hecho de rogar desde la publicación del último relato breve pero aquí tenéis el nuevo… “La deuda”

(Lo podréis descargar al final del relato, abajo)

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LA DEUDA

Siempre me han gustado las cosas fáciles, lo que me convierte en una persona difícil. Para entender esta afirmación es preciso asumir la verdad incuestionable de que el mundo está plagado de imbéciles. Cuando el gerente de nuestra compañía nos anunció que un genio de la informática iba a actualizar todos los sistemas operativos de la empresa para mejorar su rendimiento, temí que algo pudiera salir mal. En el momento en que nos enteramos de que era su sobrino, presentí lo peor. Al descubrir que iba a cobrar solo una cuarta parte de lo que facturaría cualquier profesional por esa misma tarea, tuve la certeza de que el desastre era inevitable. Y así ocurrió. Los efectos fueron devastadores y las pérdidas cuantiosas. Cundió la histeria, la dirección buscó culpables y se vivieron situaciones personales muy dolorosas. Estoy seguro de que mi cabeza hubiera sido una de las primeras en rodar como jefe de departamento pero a esas alturas yo ya estaba ingresado en el hospital, debatiéndome entre quedarme en este mundo o sacar un billete para lo que quiera que haya al otro lado. Nadie se atreve a echar a la calle a un moribundo. Si analizo la situación con frialdad, puedo considerar el infarto de miocardio que estuvo a punto de fulminarme como una bendición.

Tres meses después de que los doctores me mandaran a casa ya me encontraba muy restablecido pero sin ninguna intención de reincorporarme al trabajo; aún quedaban algunos rescoldos de la gran quema así que me tomé las cosas con calma. Marta, mi esposa, se desvivía para que nada me estresara y me procuraba una atención constante, lo que me alteraba aún más. Yo limitaba mi actividad a leer y dar largas caminatas matutinas contemplando el paisaje urbano. Me divertía toparme con alguno de mis vecinos más allá de los límites del portal porque invariablemente me observaban con aprensión, como si fuera a resquebrajarme en cualquier momento, igual que un hombre de porcelana. Pero lo que llevaba peor era el régimen alimenticio impuesto por el cardiólogo, que había encontrado en mi mujer a su mayor aliada.

—¡Esto está insípido! — protesté una noche ante otro plato de verduras al vapor.

—No seas gruñón — me recriminó ella. — Son órdenes del médico.

—Si hacemos caso a todo lo que nos mandan, al final, no vivimos.

—Y si no les haces caso, tampoco.

Fin de la discusión.

 

Mis paseos solían conducirme hasta el Retiro donde buscaba un banco a la sombra; mi favorito era uno situado bajo las ramas de un frondoso castaño de indias. Me sentaba allí y me entretenía leyendo el periódico algo para lo que, antes del infarto, solo había dispuesto de  tiempo los fines de semana. Todo transcurría de una manera calmada, tal y como había prescrito el médico.

Los días comenzaron a ser más calurosos y mi mujer me compró una estúpida gorra con la intención de que no saliera a la calle sin ella.

—¡No voy a ponérmela! — protesté, enfurruñado. —Voy a parecer un organillero.

—¡Pero qué tonterías dices, Manuel! En tu estado no es bueno que te dé el sol en la cabeza y las ideas ya empiezan a clarearte.

—Gracias por recordarme que me estoy quedando calvo.

— Mira que eres bobo. Además, la gorra te da un aire muy distinguido.

—¡Se queda en casa!

Había alzado la voz más de la cuenta y las primeras lágrimas afloraron a sus ojos.

—Solo me preocupo por ti — balbuceó. — Me asusté tanto cuando estabas en el hospital. No sé qué sería de mí si te perdiera…

Resoplé, me encasqueté la gorra con tal de no escuchar más ñoñerías y salí por la puerta, rezongando.

Fin de la discusión.

 

Aquel día no me encontraba de humor para paseos así que, contraviniendo las órdenes de mi cardiólogo y de su fiel perro guardián, me desvié de mi camino y entré en el bar de Amancio a tomarme un vermú y media ración de patatas bravas que me supieron a gloria. Tuve la precaución de sentarme en una mesa que quedara oculta desde la entrada, no fuera a pasar por delante del bar la fisgona de mi mujer y me descubriera en pleno acto delictivo. Cogí el Marca que había sobre la barra y me entretuve un buen rato mientras dejaba correr el tiempo. Leí todo, hasta las crónicas de balonmano. Me hubiera apetecido un segundo vermú pero la costura de mi pecho me aconsejó que no tentara a la suerte. Me despedí de Amancio y ya me disponía a salir cuando su vozarrón hizo que me detuviera en seco en el umbral de la puerta.

—¡Don Manuel, que se deja usted la gorra!

Le miré, alicaído, y volví hasta la mesa para recuperarla.

—A usted le pega más un sombrero de esos de paja, como los que llevan los terratenientes en los cafetales — comentó, jocoso. — Con esa cosa parece un jubilado. ¡Dentro de nada me lo encuentro mirando las obras de Doctor Esquerdo!

Y soltó una risotada que hizo temblar los cimientos de su cochambroso bar.

Salí a la calle, abochornado. Marta me trataba como a un crío pequeño; me acordé de cuando mi madre se empeñaba en que siguiera llevando pantalones cortos y cómo me rebelé contra su tiranía. Y también recordé el bofetón con el que me cruzó la cara. Estuve tentado de tirar la gorra en la primera papelera que encontré pero reprimí mi impulso inicial. Mi mujer no se iba a tragar el cuento de que la hubiera perdido de forma accidental y no me apetecía presenciar una nueva escena lacrimógena. Como aún era un poco temprano para regresar a casa sin levantar sospechas deambulé por el barrio: bajé por la calle Hermosilla y doblé a la izquierda por Antonio Toledano. Un enorme colegio público ocupaba toda la manzana y, a juzgar por el griterío, los críos debían de estar en mitad del recreo. Seguí caminando y pasé al lado de una mujer, alta y muy delgada, con la vista fija en los niños que jugaban en el patio, que quedaba varios metros bajo el nivel de la acera. Estaba agarrada a la valla que remataba la tapia que rodeaba el perímetro del recinto. Sus manos se veían huesudas y avejentadas, aunque no debía de tener más de treinta y cinco años. Continué recto, doblé a la derecha por Marqués de Zafra y proseguí, paseo abajo, hasta llegar a mi hogar, dulce hogar. Cuando abrí la puerta, Marta salió a recibirme, como cada día, con la misma mirada de angustia que si hubiera vuelto de combatir en el frente ruso.

—¿Qué tal tu caminata? ¿Te has cansado? ¿A que la gorra te ha venido bien? — Fue a besarme pero dio un respingo en el último momento. — ¡Hueles a bar!

—¡Pero bueno! ¿No tienes bastante con atormentarme y ahora también te ha dado por seguirme?

—¡No habrás bebido alcohol! … ¡El médico te lo ha prohibido!

—He tenido que entrar en un bar a orinar — mentí. —Quería aguantar hasta llegar a casa pero no he podido. ¡Me obligas a beber tanta agua que un día la vejiga me va a reventar en plena acera!

Ella me sondeó con ojos escrutadores.

—Échame el aliento.

—¡Marta, te estás convirtiendo en una bruja!

No esperé a que replicara; entré en el cuarto de baño del pasillo, el que siempre había utilizado nuestro hijo hasta que se marchó a estudiar a Granada, y me enjuagué la boca con colutorio.

Me propuse portarme bien pero las buenas intenciones no me duraron mucho. Tres días después volví al bar de Amancio y me tomé una ración de calamares. Eso era comida y no los filetes de gallo a la plancha de Marta…

Al volver a la calle me olisqueé la camisa y comprobé que apestaba a fritanga. Tuve una idea. En la calle Antonio Toledano, frente al colegio, había un taller mecánico donde solía llevar la tartana que conducía mi mujer para que le cambiaran el aceite. Había hecho buenas migas con Braulio, el encargado, así que me acerqué a charlar un rato con él con la esperanza de que el olor a grasa y aceite impregnara mi ropa y enmascarara el tufo a cocina de bar.

El mecánico estaba trabajando en un Renault Megáne que se encontraba aparcado junto al bordillo, con el capó levantado. Mientras discutíamos sobre qué equipo ganaría la liga de fútbol, reparé en la mujer espigada que se encontraba en el mismo sitio que el otro día, agarrada a la verja. Llevaba puesto un vestido azul marino, muy sencillo, de manga larga, lo que destacaba aún más la delgadez de sus brazos. La falda dejaba entrever sus pantorrillas, morenas y de una escualidez impensable.

—¿La conoces de algo, Braulio? — pregunté al mecánico, intrigado.

Este levantó la cabeza y miró en la dirección que le estaba señalando.

—Será la madre de alguno de esos mocosos… — se encogió de hombros y volvió a lo suyo. — Ahora están tan encima de ellos que los van a convertir en idiotas.

—Pues de esos no necesitamos más, que ya tenemos de sobra en este país.

Seguimos a lo nuestro y cuando volví a mirar, la mujer había desaparecido. Tampoco se escuchaba a los niños así que supuse que habrían vuelto a las clases.

Ni qué decir tiene que Marta puso el grito en el cielo cuando aparecí por casa con la camisa manchada de grasa pero mi pequeño pecado pasó desapercibido. Entrar en el bar de Amancio se convirtió en algo demasiado arriesgado hasta que no mejorara el sistema de ventilación de su local así que busqué alternativas. Encontré una terraza muy de mi gusto en la calle Goya, cerca del Palacio de deportes. Con la llegada de junio el calor había comenzado a apretar de verdad así que me pasé al tinto de verano que se subía menos a la cabeza que el vermú y aplacaba mejor la sed.

Una mañana, ya de regreso, volví a pasar ante el colegio público; la misteriosa mujer ya se encontraba junto a la valla aunque los niños no habían salido aún al recreo. Segundos después se escuchó un timbre seguido de una algarabía de pequeños rufianes desenfrenados. Consulté mi reloj: eran las doce en punto. Me quedé allí plantado, en la esquina, observándola. No hizo nada: solo contemplar el juego de los críos. Tan concentrada estaba en el patio que no advirtió mi presencia. Cuando el timbre volvió a sonar y los niños retornaron a sus clases, la mujer se marchó caminando calle abajo, en dirección contraria a donde yo me hallaba.

De pronto, y sin entender el motivo, sentí la necesidad de saber más sobre ella. Supongo que mi enclaustramiento me tenía bastante aburrido. La seguí en la distancia, de manera discreta. Continuó andando hasta la calle Fundadores y allí giró en dirección a Doctor Esquerdo. Temí perderla entre el gentío así que apreté el paso y llegué al cruce con tiempo suficiente para ver cómo bajaba las escaleras de la estación de metro de O´Donnell.

Esa noche, durante la cena, le hablé de ella a Marta.

—Si tanta curiosidad tienes en saber qué hace allí, cada mañana, ¿por qué no se lo preguntas? — Sacudió la cabeza mientras volvía a sumergir la cuchara en el plato de sopa. — No hay quien entienda a los hombres…

—¿No te parece un poco rudo, abordar así a una desconocida?

—¿Ahora vas a empezar a preocuparte por tus modales?

Fin de la discusión.

 

A la mañana siguiente, me aposté en la acera frente al colegio a las doce menos cuarto. Poco antes de mediodía, la enjuta mujer apareció y se situó en el mismo sitio en el que siempre la había visto. Iba vestida con unos vaqueros azul marino y una ligera chaqueta de punto, detalle que me llamó la atención porque el día era bastante caluroso. Los niños salieron al recreo y noté cómo su cuerpo se ponía tenso. Esperé un rato, no sé muy bien a qué, crucé la calle y caminé hacia ella, con calma, tratando de parecer ausente. A medida que me aproximaba a ella me fijé en sus facciones: los pómulos, salientes, y las cuencas de los ojos, hundidas, daban a su rostro un aire cadavérico. A pesar de todo, debía de haberse tratado de una mujer muy atractiva en otro tiempo. Seguía con atención las evoluciones de un grupo de muchachos que jugaba al baloncesto en las canastas del lado norte del patio. Estaba llorando.

—¿Se encuentra bien?— le pregunté.

Ella giró la cabeza hacia mí, sorprendida, como si mis palabras la hubieran sacado de una alucinación. O quizá creyó que el espejismo era yo.

—Está usted llorando.

La mujer se enjugó las lágrimas con la palma de una mano que era todo hueso, venas y pellejo.

—Sé que le va a parecer extraño pero la he visto aquí, de pie, muchas mañanas y… — me detuve a mitad de la frase sin saber muy bien cómo acabarla para no parecer un chiflado.

—Mi pequeño estudia en este colegio — dijo con voz dulce y señaló a los muchachos que lanzaban a canasta. — ¿Está muy mayor verdad? — me preguntó con ternura. — Es el chico de pelo negro, el que acaba de pasar la pelota a ese otro más gordito. Esta es la única ocasión que tengo de verle.

—¿Qué edad tiene?

—Acaba de cumplir diez años.

Le observamos durante un rato. Se daba buena maña botando el balón y parecía dominar los aspectos técnicos del juego mejor que la mayoría de sus compañeros. Su madre no se perdía detalle, embelesada. Cuando por fin sonó el timbre y los chicos corrieron en tropel hacia la puerta del edificio principal, la mujer siguió con la vista a su hijo hasta que desapareció en el interior del pabellón. Me percaté de que él no había mirado ni una sola vez en nuestra dirección.

La desconocida cerró los ojos y las lágrimas resbalaron por su nariz. Me pareció que se tambaleaba y la sujeté por los hombros para que no cayera al suelo.

— Dos semanas… Solo faltan dos semanas para el final de las clases — gimió. —Ya no volveré a verle hasta que comience el próximo curso, eso si su padre no vuelve a cambiarle de centro. No creo que pueda soportar tres meses sin saber nada de él.  —La mujer me agradeció la ayuda y apoyó la espalda contra la verja. — No me porté muy bien en el pasado, ¿sabe?…

Se frotó el antebrazo de manera instintiva y caí en la cuenta de que siempre iba vestida  con prendas de manga larga.

—La jueza me prohibió acercarme a él. Dijo que era una mala influencia para mi hijo — volvió a llorar, desconsolada.  — Una mala influencia… — repitió en un susurro. —Me propuse cambiar. Ahora tengo un trabajo de noche; no es una maravilla pero un comienzo es un comienzo. Limpio en una fábrica — me aclaró. — He cambiado de compañías, eché a mi novio a la calle y me propuse recuperar a mi niño. Daría lo que fuera por abrazarle, aunque solo fuera un instante.

Sentí una profunda compasión por aquella mujer.

—No sé qué habrás hecho pero todos podemos equivocarnos— parecía desvalida y agotada. —Lo importante es tener la valentía necesaria para admitir tus errores y mostrar la entereza necesaria para enmendarlos. Te lo dice alguien que ha cometido muchos.

—No puedo pasar todo un verano sin ver a Miguel…Le he llevado en mis entrañas. Es parte de mí. — Apretó el puño contra su pecho.  — Cada vez que suena ese maldito timbre y vuelve a clase, muero un poco más. — Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. — He tenido pesadillas con ese sonido…

No podía dejarla marchar. Debía ayudarla, de alguna manera. Aunque no tenía ni idea de cómo hacerlo.

—Te invito a un café.

Ella me miró, confusa.

—¿Por qué?

—¿Por qué no?

La mujer dibujó en su rostro una tímida sonrisa que dejó a la luz una dentadura pobre y enferma.

—Discúlpeme. No estoy acostumbrada a la amabilidad de los demás. Y menos de un desconocido. Se lo agradezco mucho, pero debo marcharme. En otra ocasión, quizá.

—¡Claro! ¿Mañana, aquí, a la misma hora?

—Sí, mañana.

Sus ojos, de un azul muy pálido, me miraron tan faltos de vida como una placa de hielo. En ellos solo había dolor y soledad. Se despidió con una mueca que contrajo aún más su rostro ajado y se alejó caminando hacia la calle Fundadores con paso torpe e inseguro.

Regresé a casa, taciturno.

A la mañana siguiente volvimos a encontrarnos. De nuevo rechazó mi oferta de tomar un café pero permitió que la acompañara hasta la boca de metro. Me contó algunos detalles más de su vida, bastante sórdidos. Pero cuando hablaba de su pequeño todo quedaba eclipsado por el amor que emanaba cada una de sus palabras.

De esta manera, convertimos aquellos paseos en un hábito. Yo acudía a la tapia del colegio, esperaba a que el recreo terminara y caminaba con ella hasta la parada de la calle O´Donnell. Nunca hablamos más de diez minutos seguidos pero me bastaron para hacerme una idea de la profunda desesperación que sentía, de su arrepentimiento y de cómo, la vida, en algunas ocasiones, nos obliga a pagar cada céntimo de la deuda que hemos contraído sin mostrar ningún tipo de piedad.

Dos días antes de que concluyeran las clases, un momento que temía por lo que suponía para ella, me confesó que había vuelto a verse con su antiguo novio. Esto me puso en guardia.

—Pilar, me has contado cosas muy malas de ese hombre.

—Él también ha cambiado, se lo aseguro. Tenía que haberle visto; está muy guapo. Ahora trabaja en un supermercado y los fines de semana hace carteras de piel para sacarse un dinero extra.

Aquello me sonaba a una vieja historia mil veces contada. Como en el caso del informático lumbreras, esto tampoco presagiaba nada bueno.

—Tómatelo con calma…

—Las personas podemos cambiar —dijo. — Si yo lo he hecho, ¿por qué no él?

Porque tú eres buena persona, pensé, y él no. Pero no me atreví a decírselo.

—Al menos no le abras las puertas de tu vida de par en par. Que se lo gane, poco  a poco — le aconsejé.

Bajó los ojos y se despidió de mí con torpeza. Entendí que mi consejo llegaba demasiado tarde.

A la mañana siguiente estuve plantado en la acera desde las once y media pero Pilar no apareció. Y tampoco lo hizo el día que acabaron las clases. No he vuelto a verla desde entonces y presiento que jamás lo haré.

Subí a casa, derrotado, y Marta salió a recibirme.

Como cada día.

Me invadió la pesadumbre.  ¿Qué habría sido de esa pobre infeliz? Nada bueno… Durante unos días leí los periódicos temor de encontrar alguna noticia sobre ella pero no hallé ninguna referencia. Tampoco era mucho lo que conocía: su nombre, el de su hijo y poco más. Una tarde sofocante de julio me sumí en una tristeza de tal magnitud que respirar se convirtió en una tarea ardua y dolorosa. No dije nada a Marta pero busqué mis pastillas de nitroglicerina y me coloqué una debajo de la lengua, como me había enseñado el cardiólogo. Me recosté en la butaca del salón y traté de serenarme. Cerraba los ojos y veía a esa madre que amaba a su hijo desde la clandestinidad de una valla y también pensaba en el muchacho, jugando con sus compañeros, ajeno a la presencia de la mujer que le había dado la vida, a escasos metros de él. ¿Qué le habrían contado de ella? ¿Le habrían dicho que había muerto? ¿Alguna vez llegaría a conocer la verdad?

Esa noche, en la cama, mientras Marta leía un libro de amoríos de esos que puedes comprar en cualquier estación de tren, yo no podía apartar los ojos de ella.

—¿Qué te pasa, Manuel? — acabó preguntándome, incómoda.

—He sido muy injusto contigo, cariño.

Marta frunció el entrecejo.

—Amar a alguien puede ser muy ingrato cuando esa persona no te corresponde. Pero si realmente le amas, seguirás haciéndolo.

—¿A ti qué mosca te ha picado?

—¿Por qué los seres humanos somos tan frágiles?  Una vez que empiezas a rodar cuesta abajo eres incapaz de detenerte por ti solo. Necesitas a alguien a tu lado capaz de frenarte… Pero para eso tienes que importarle. Como yo te  importo a ti.

Su rostro se relajó y me miró con ternura.

—Marta, siempre me he quejado de que el mundo está lleno de imbéciles sin darme cuenta de que yo era uno de ellos.

Fin de la conversación.

Le cogí el libro que estaba leyendo, lo dejé a un lado sobre la cama, y la besé. Un beso largo y cálido que me hizo sentir como aquella primera vez en que nuestros labios se encontraron, en el portal de la casa de sus padres, hacía más de treinta años.

No sabía cuánto tiempo me quedaba junto a aquella mujer maravillosa pero me prometí no desperdiciar ni un solo día de los que me hubieran concedido a su lado. La vida, a veces, se convierte en un acreedor inmisericorde y te obliga a pagar tus deudas con crueldad. Otras, en cambio, te concede una segunda oportunidad, sin que hayas hecho nada para merecerlo. Yo era uno de esos afortunados; no me había sido preciso perder a la mujer a la que amaba para comprender cuánto la necesitaba. Solo deseé estar a su altura el resto de mis días. Con eso bastaría.

 

Nunca he vuelto a salir de casa sin la gorra que me regaló.

 

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La deuda – Relato descargable de Juan Solo – Juan Solo escritor

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