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El sombrero – Cuento descargable – Juan Solo

El sombrero – Cuento descargable – Juan Solo
16/12/2015 Juan Solo
Juan Solo - El sombrero - Cuento descargable gratis en juansolo.es

Se acerca la Navidad. Esto no es una primicia y si para alguien lo es,  tiene un grave problema. Aunque puedo entender que alguno se haya despistado porque, en realidad, la Navidad ya empezó en agosto en El Corte Inglés.

Me considero muy afortunado por la estrecha relación que mantengo con los lectores de mis novelas “El hombre sin brazos” y “Una muerte improvisada”. Además, sé que algunos de vosotros habéis pensado en colocarlas bajo el árbol para vuestros seres queridos y, por ello, os estoy doblemente agradecido.  Tanto es así que me gustaría haceros un regalo a todos. He escrito un breve cuento navideño titulado “El sombrero” y lo he subido a mi Web juansolo.es para que podáis descargarlo y leerlo cuando os apetezca y donde prefiráis, completamente gratis. Sin trucos. Me encantaría que lo leyerais. Y, si os gusta, que lo compartáis con quien os plazca.

Espero que lo disfrutéis.

¡¡Feliz Navidad!!

———

 

El sombrero

Johnny el cowboy ni se llamaba Johnny ni tenía nada de cowboy. No pudo nacer muy lejos de Madrid porque cuando el párroco de San Leopoldo le encontró envuelto en una manta ante la puerta de la iglesia, apenas llevaba unas horas luchando en este mundo. Sus padres adoptivos le pusieron por nombre Antonio y con él vivió años de felicidad. Creció, tuvo un trabajo humilde, conoció el amor y se casó. Pero de todo eso ya no quedaba más que un murmullo lejano en el pantano de sus recuerdos. De alguna manera, las cosas se torcieron, perdió cuanto tenía y acabó encontrándose de vuelta allí donde todo había comenzado para él; la calle.

Primero fue pobre, más tarde pordiosero, después le llamaron mendigo, indigente, “sin techo” y, por último, ingresó en el club poco selecto de “los más desfavorecidos”. La sociedad había ido inventando nuevas formas de referirse a ellos sin que pudieran sentirse ofendidos pero, a él, lo único que le humillaba era el hambre que le agujereaba las tripas.

Gracias a albergues y comedores sociales lograba sobrevivir de invierno en invierno, aunque notaba cómo la edad comenzaba a pesarle. Tenía claro que se marcharía como había llegado, sin hacer ruido; alguien se daría cuenta de que el mendigo que dormía en el soportal del cine, acurrucado bajo los cartones, no se movía desde hacía un par de días; llamarían a la policía, estos avisarían a una ambulancia, se lo llevarían y otro ocuparía su lugar.

Siempre igual.

Él era feliz, a su manera. No leía periódicos y desde que desaparecieron los televisores de los escaparates de las tiendas de electrónica, también dejó de ver las noticias. Nunca le quitaron el sueño la prima de riesgo, ni el calentamiento global, ni la marcha de Casillas. Sus preocupaciones eran mucho más básicas; encontrar algo para comer y tratar de llegar con vida a la mañana siguiente.

Antonio comenzó a dejar de ser Antonio una madrugada de verano en la que un individuo, borracho como una cuba, se sentó a su lado, junto a la verja del cine y se puso a contarle sus penas de amor. Él le escuchó con paciencia, por aquello de no hacerle un feo. El hombre se encontraba celebrando su despedida de soltero cuando uno de sus mejores amigos le confesó que se la estaba pegando con su novia, la mujer con la que iba a casarse. Él se marchó de la fiesta sin mediar palabra y echó a caminar por la ciudad vestido de vaquero, que era como le habían disfrazado sus amigos. Llevaba horas dando tumbos y lamentando su desgracia cuando, harto y resacoso, se sentó a descansar en el soportal del cine. Así fue como conoció al mendigo. Antes de despedirse de él para iniciar su nueva vida, le regaló el bonito sombrero de piel de vaca que remataba el disfraz, en señal de gratitud.

-Toma, a mí ya no me hace falta – le dijo con voz pastosa.

Desde entonces, Antonio jamás se desprendió de él. Lo llevaba puesto a todas horas, fuera día o noche, hiciera frío o calor. Los demás mendigos comenzaron a llamarle Johnny y a él le gustó. Decidió librarse para siempre del nombre de Antonio, que no le había traído demasiada suerte, y se convirtió en Johnny el cowboy.

A Johnny le encantaba la Navidad porque los transeúntes se mostraban mucho más alegres, sus corazones se ablandaban y, lo que era más importante aún, ponían menos reparos a la hora de aflojar sus bolsillos.

– ¡La Navidad es una mierda, Johnny! – protestaba siempre Rulos, un mendigo calvo como un huevo que pedía en el aparcamiento de un supermercado, allí donde la gente devolvía los carritos de la compra para recuperar su moneda de un euro. – ¡Son unos hipócritas! Dentro de quince días volverán a ser los mismos cabrones que no se detendrían ni para escupirte a la cara. ¡Me meo en su puñetera cara de felicidad!

Johnny veía las cosas de otro modo; prefería que la gente le tratara bien, al menos una vez al año. ¡Qué más le daba si sus sentimientos eran sinceros o no! Su estómago no atendía a tales disquisiciones. Una Nochebuena, incluso, vivió en primera persona eso que llaman milagro navideño; se encontraba pidiendo limosna frente a la puerta de El corte inglés de Goya cuando un señor muy elegante enfundado en un abrigo de paño se fijó en su sombrero vaquero y se acercó para entablar conversación con él. Tras un par de minutos, le invitó a cenar a su casa, un lujoso piso en la calle Velázquez. Johnny temió que la oferta ocultara alguna proposición de índole sexual pero el tipo no parecía un pervertido y, aún no teniéndolas todas consigo, aceptó su ofrecimiento. La velada resultó maravillosa, comió hasta reventar, bebió champán francés y se fumó el puro más grande que había visto en su vida. El hombre le contó que había enviudado hacía cuatro años y no había conseguido superar la falta de su mujer. Su hijo solía acompañarle durante las fiestas pero ese año sus obligaciones le habían retenido en algún otro lugar. Ante la perspectiva de pasar la Nochebuena solo en aquella casa enorme, sintió que el mundo se le venía encima y salió a la calle para dar un paseo, sin rumbo fijo. Así fue como le encontró, frente al centro comercial. Johnny se acordó del hombre que le regaló el sombrero y se dijo que ambas historias tenían mucho en común; las personas, cuando se encontraban perdidas, se echaban a la calle como si allí fueran a encontrar la solución a sus males.

Siempre igual.

El caballero le invitó a pasar la noche en el cuarto que tenía preparado para su hijo, pero Johnny no quiso abusar de su amabilidad y prefirió regresar al soportal del cine. Antes de despedirse, el buen samaritano le dio doscientos euros y un décimo de lotería para el sorteo de El niño.

– No puedo aceptarlo – dijo, avergonzado. – Usted ya ha sido muy bueno conmigo.

– Cójalo, Johnny. No sabe el bien que me ha hecho – insistió.

Esta no es una de esas historias alegres en las que el número resulta premiado y el mendigo goza de una segunda oportunidad en la vida pero, aun así, Johnny conservó un recuerdo imborrable de aquella Nochebuena. Cada vez que la humedad entumecía su cuerpo o el frío sin piedad del invierno le mordía con colmillos afilados, él se apretujaba bajo los cartones, en el soportal de su viejo cine, y volaba con la imaginación hasta el elegante piso de la calle Velázquez donde una noche cenó langostinos y bebió champán francés.

Al año siguiente, tan pronto como se encendió el alumbrado navideño, se apostó en el mismo lugar, día tras día, con la esperanza de volver a encontrarse con el buen samaritano. Pero no apareció.

Seguro que este año su hijo sí ha podido venir, se dijo, al fin.

Y se sintió feliz por él.

Los años pasaron con lentitud y su cuerpo agotado empezó a quedarse sin reservas. Decían que ya no hacía tanto frío como antes pero a él cada vez le costaba más entrar en calor. Una gélida mañana de febrero, no se sintió con fuerzas para levantarse y prefirió quedarse acurrucado bajo sus sábanas de cartón. Tuvo un sueño hermoso, en el que montaba un caballo de color cobrizo que se detenía a mordisquear algo dorado que brotaba del suelo. Quizá fueran espigas de trigo; ya había olvidado cómo eran. Un niño, a lomos de un gigante, hizo soplar un cuerno y el enorme ser le tomó entre sus brazos y lo llevó en volandas.

La ambulancia se abrió paso entre el denso tráfico de la mañana con el moribundo cuerpo de Johnny en la parte de atrás. La temperatura había bajado mucho esa madrugada y no era el primer mendigo que habían recogido al borde de la congelación. Pero él no sentía nada. Tan solo un sopor que le embriagaba. Cuando llegó al hospital, aún vivía.

Y atravesaron el portón del castillo. El niño dejó de soplar su cuerno y el gigante depositó a Johnny a lomos de un corcel que le condujo, al galope, por un laberinto de corredores. Por fin, llegó a un gran salón donde le aguardaba una mesa cubierta por un elegante mantel blanco. En la cabecera, distinguió al caballero de la calle Velázquez, que le dirigió una sonrisa.

-Te he estado esperando, Johnny – le dijo, mientras empujaba hacia él un plato de langostinos.

-¿Y mi sombrero? – preguntó el mendigo, que sintió una ráfaga de aire frío en la nuca.

-Ya no te hará falta.

Una pareja, desahuciada por uno de tantos bancos sin cara ni alma, ocupó el lugar que Johnny dejó en el soportal del cine abandonado. Ni el hombre ni la mujer entendían cómo la vida les había llevado hasta allí y se resignaron a subsistir de aquella manera hasta que hallaran una solución a sus problemas y las cosas mejoraran.

Eso fue lo mismo que pensó Johnny, treinta años atrás.

Siempre igual.

Alguien encontró el sombrero de cowboy en uno de los contenedores del hospital. Lo limpió con la manga de su chaqueta, raída por el uso, y se lo probó. Parecía hecho a su medida. Al instante se sintió como uno de esos vaqueros que veía en el cine de su pueblo natal, allá en Ucrania y se alejó caminando con el paso decidido de quien aún no lleva mucho viviendo en la calle y no ha perdido la esperanza de salir de ella. Su nombre era Yuri y vino a este país con la promesa de un futuro mejor. Pero esa, es otra historia.

Porque cada hombre tiene la suya.

Y cada sombrero, también.

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Podéis descargarlo en pdf pinchando en el siguiente enlace:

JUAN SOLO – EL SOMBRERO – CUENTO – JUANSOLO.ES

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Si te ha gustado este relato, te invito a seguir leyendo alguno de los anteriores que he ido publicando en JuanSolo.es:

Lealtad

La fiebre

El sombrero

Las tres de la madrugada