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Cuestión de supervivencia

Cuestión de supervivencia
21/12/2017 Juan Solo
CUESTIÓN DE SUPERVIVIENCIA - JUAN SOLO - SUDÁFRICA - PILANESBERG - SAFARI - RELATO - RELATO DESCARGABLE

Durante las últimas semanas he estado recopilando información para escribir un nuevo relato a la altura de lo que os merecéis. Consideradlo mi regalo de Navidad.  ¡Espero que lo disfrutéis!

Y si alguien se agobia, que sepa que no era mi intención.

¿O sí…?

(Si te ha gustado este relato, al final del mismo podrás descargártelo en pdf. Verás, también, los enlaces a los anteriores).

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Cuestión de supervivencia

 

Hay días en los que todo te sale mal. Sin motivo alguno. Solo porque el Universo parece haberse confabulado contra ti. Tú y yo sabemos que eso no es posible pero en ocasiones llegas a cuestionártelo. Por lo general, la cosa no pasa de unos cuantos quebraderos de cabeza más o menos molestos… Pero si el día en que tu destino se tuerce te sorprende en medio de una reserva natural de Sudáfrica, entonces estás jodido.  

Y eso que el viaje había comenzado con buen pie. O al menos eso pensaba Reggie, el patriarca de la familia Simmons. Cuando propuso a su esposa recibir el Año Nuevo en Johannesburgo ella acogió la idea de buen grado. Patricia siempre se mostraba dispuesta a dejar atrás el plomizo Londres y cambiar de aires. Si hubiera tenido que escoger una sola palabra para definir su vida, ésta habría sido hastío. Por fin se había decidido a abandonar a su marido. Solo estaba esperando a que la hija de ambos, Victoria, cumpliera dieciséis años. No por nada en concreto; a veces te marcas tus plazos, ya sea para comenzar una dieta hipocalórica, poner en orden el trastero o dejar a tu esposo por otro hombre.

—¿Vamos a celebrar algo? — le preguntó.

—He recibido una gratificación muy sustanciosa y qué mejor forma de invertirla que en unas vacaciones inolvidables con mi familia.

—¿Qué vamos a hacer en Sudáfrica, papá?— quiso saber la hija de ambos.

—Aprovecharemos para ir de safari fotográfico.

Victoria protestó pero le sirvió de poco. Su padre ya había tomado una decisión. Madre e hija sabían que cuando Reggie se entusiasmaba con algo no había fuerza de la naturaleza capaz de oponerse a su voluntad.  Las semanas siguientes constituyeron buena prueba de ello.

—¿Sabíais que la mordedura de la hiena es más poderosa que la del león? — les preguntó una noche mientras cenaban en el salón de su casa en Leicester Square.

—Jamás lo hubiera dicho — contestó Patricia de manera lacónica.

Le enervaba la forma de hablar de su marido; con el paso de los años se había convertido en un hombre petulante y relamido. Ya no recordaba qué había visto en él pero, fuera lo que fuera aquello que la llevó a enamorarse de Reginald Simmons, había muerto hacía mucho tiempo. 

—Exactamente el doble — añadió él, orgulloso de aportar el dato. — Además, en contra de la creencia común, las hienas son parientes de los felinos y no de los cánidos. ¿Habéis escuchado su risa en medio de la noche? ¡Es espeluznante!

Buscó en su móvil el video que había estado viendo esa tarde, subió el volumen al máximo, y se lo mostró. 

—¿Donde vamos, hay hienas? —preguntó su mujer, horrorizada por el aspecto repulsivo del animal.

—¿En Pilanesberg? ¡Claro que sí! ¡Y leones! ¡Y rinocerontes! Con un poco de suerte veremos a los Big Five. ¿Sabéis cuáles son los Cinco Grandes de la fauna africana? — No esperó a que contestaran. Aquel era su momento y no se lo iban a robar. — León, elefante, rinoceronte, búfalo y leopardo — enumeró. — El hipopótamo no se encuentra entre ellos pero también me encantaría ver uno.

Poco antes de salir de Londres, Reggie decidió renovar su equipo fotográfico y se gastó una fortuna en una cámara capaz de grabar videos en resolución 4K. También adquirió un teleobjetivo semiprofesional para lograr captar hasta el más mínimo detalle de aquello que encontraran.  

—¿Sabrás manejar todo eso? — le preguntó su esposa cuando vio los manuales desplegados sobre la mesa del salón. 

—Los controles son muy intuitivos. ¡Fíjate en el zoom! Voy a sacar unas fotos espectaculares.  

Patricia le miró con escepticismo; nunca le había visto fotografiar otra cosa que no fueran el Big Ben o las fiestas de cumpleaños de su hija.   

El vuelo desde Londres a Johannesburgo fue bastante largo; unas doce horas. Pasaron una noche en la ciudad, en un lujoso hotel de la zona de Sandton, muy alejada de los guetos de las afueras. Se suponía que todo aquello iba a desaparecer tras el fin del apartheid pero allí seguían, rebosantes de humanidad, miseria y lodo. Reggie las llevó a la plaza de Nelson Mandela y cenaron en una terraza a los pies de la gigantesca estatua del líder sudafricano.

—¿ Sabíais que el elefante tiene más de cuarenta mil músculos distintos en su trompa?

Patricia puso los ojos en blanco imaginando cuántos datos más podría escupir su marido durante las vacaciones.

—Papá, busqué fotos del parque al que vamos en Internet… — comentó Victoria. —Había una imagen de un elefante aplastando un coche.

—¡Tonterías! Seguro que es un montaje. Son animales muy tranquilos.  

La explicación de Reggie no convenció del todo a su esposa.  

—No será peligroso, ¿verdad?

—¿El safari? En absoluto. Miles de turistas visitan la reserva cada año. ¿Crees que si entrañara algún riesgo las agencias de viajes seguirían ofertando ese destino a sus clientes?

—He leído que unos elefantes enloquecieron y mataron a varios rinocerontes.

—¡Basta ya, Victoria! —Reggie zanjó la conversación. —Los jóvenes nunca estáis conformes con nada. Estas vacaciones nos hacen mucha ilusión a tu madre y a mí. ¿Me crees capaz de poneros en peligro? No estaría de más que apreciaras el esfuerzo que está haciendo tu padre y dejaras de buscar tonterías en Internet.

—Pues tú llevas semanas soltándonos el rollo de todo lo que has leído.

—¡No me repliques! Yo tengo criterio porque soy adulto; tú, no.

Al día siguiente alquilaron un coche para recorrer las dos horas y media que les separaban del parque. Reggie se decantó por un sencillo Toyota Corolla.

—¿Van a moverse por terreno accidentado? — le preguntó el empleado de la agencia de alquiler. —Porque entonces les recomiendo un vehículo como el Subaru Crosstrek.

—No, no. Solo por carreteras asfaltadas.

—¿Saben que en nuestro país se conduce por la izquierda?

—Joven, somos londinenses — contestó con suficiencia.

Ya en ruta, explicó a su familia por qué había mentido sobre su destino.

—Ese listillo se ha creído que podía timarme. El Subaru costaba 200 rands más por día. Con este coche nos sobrará y nos bastará para movernos por la reserva. He leído que los trabajadores se ocupan de mantener los caminos en perfecto estado.

—¿Pero están asfaltados?

—¡Claro que no! ¡Porque esto es África! — canturreó imitando a Shakira.

Patricia se mordió la lengua; esos cuatro días iban a resultar una tortura.  

El hotel que había elegido Reggie era un resort en las estribaciones del parque nacional formado por varias cabañas y bungalós dispuestos en hilera. Las habitaciones tenían techos muy altos de paja para mantenerse frescas, eran espaciosas y estaban decoradas al estilo africano, lo que les daba un aire muy acogedor. El complejo contaba con un impresionante bufet y una piscina rodeada de árboles y hamacas para dormir la siesta. Patricia se percató de que el perímetro del recinto estaba protegido por una sucesión de vallas electrificadas. 

—Reggie, ¿por qué están electrificadas? ¿Hay posibilidades de que algún animal salvaje se cuele en el hotel?

—Ninguna, amor. ¿Estamos listos? ¡Esta tarde vamos a por los Cinco Grandes!

Tras la comida, Reggie metió a su familia en el Corolla y condujo hasta la entrada del parque, custodiada por un guardia uniformado. Este tomó nota de la matrícula del vehículo y del número de ocupantes.

—¿Es la primera vez que viene a Pilanesberg, señor?

Reggie asintió y el guardia les dio una serie de normas básicas para su visita.

—Nunca abandonen los caminos, jamás desciendan del vehículo y no bajen las ventanillas. Está prohibido. Los animales se encuentran en su hábitat natural; ustedes, no. Esto no es un zoo. Tampoco deben tocar el claxon; a los elefantes les irritan los ruidos estridentes y podrían ponerse nerviosos.  

Patricia gimió.

—Si tuvieran dificultades no salgan del coche — continuó el guardia. — Marquen el  número de emergencia y el personal del parque acudirá a rescatarles.

El hombre les entregó un mapa en el que venían indicados los mejores lugares para avistar las diferentes especies que poblaban la reserva. El número al que debían llamar en caso de encontrarse en apuros aparecía anotado en la parte inferior.

—Tendrán que cruzar esta puerta antes de las siete de la tarde. Les advierto que comienza a anochecer alrededor de las seis. Por favor, cumplan las normas. De lo contrario serán expulsados. ¿Alguna pregunta?

—¿Cree que avistaremos a los Cinco Grandes?

—Solo puedo prometerle que verán rocas y árboles. Lo demás es cuestión de suerte.

Tras despedirse del guardia traspasaron la puerta metálica, también electrificada, y entraron en la reserva a través de un camino de tierra arcillosa que llevaba por nombre Kubu.  

—¿No es excitante? — preguntó Reggie, emocionado.

Condujo adentrándose en plena sabana mientras su hija estudiaba el mapa con detalle. Patricia se limitaba a mirar por la ventanilla con la cabeza puesta en su amante al que hacía más de dos semanas que no veía. Una jirafa cruzó la carretera con movimientos lentos y majestuosos, a unos treinta metros de ellos, y arrancó exclamaciones de asombro de sus gargantas. Reggie detuvo el coche en seco y trató de alcanzar la cámara pero, para cuando estuvo preparado para disparar, la jirafa ya había desaparecido entre las acacias.  

—¡Maldita sea!

Reggie entregó el equipo a su mujer y reemprendió la marcha. El límite de velocidad en el parque era de cuarenta kilómetros por hora pero él iba conduciendo mucho más despacio para no perderse nada. Poco después, su hija creyó ver algo moviéndose entre los arbustos.

—¡Para, papá!

—¿Dónde?

—¡A la izquierda, junto a esa roca!

Reggie detuvo el vehículo a un lado y madre e hija se apretujaron contra la ventanilla tratando de averiguar de qué clase de animal se trataba.  

—¿Qué es? — preguntó Patricia.

—¡¿Cómo quieres que lo sepa?! — contestó su marido, frustrado. Desde el asiento del conductor, no tenía buena visibilidad. — Parece enorme.

—Podría ser un rinoceronte — dijo Victoria.

Nunca llegaron a saberlo porque desapareció en la espesura, colina arriba. El parque ocupaba el cráter formado por un antiguo volcán extinto y esto hacía que el terreno fuera más accidentado de lo que Reggie había imaginado.

Para cuando empezó a anochecer habían avistado cebras, un rebaño de ñus, unas extrañas gallinas de cabeza azul que corrían junto a la carretera a toda velocidad, impalas y una familia de jirafas compuesta por cuatro miembros.

Pero ni rastro de los Cinco Grandes.

—Reggie, son las seis y veinte — le indicó su mujer. — Debemos volver.

—Disponemos de tiempo hasta las siete — protestó. —La puerta de acceso está a menos de un cuarto de hora. Podemos continuar un poco más.

Tomó el camino Mankwe para dirigirse a la presa del mismo nombre: había visto en los documentales que los grandes depredadores acechaban cerca de ríos y lagos a la espera de que los herbívoros bajaran a beber. La hora más propicia para sorprenderlos cazando era el anochecer. No habían avanzado ni medio kilómetro cuando le pareció distinguir la cabeza de una leona entre la hierba.

—¡Allí!  — gritó y pisó el pedal del freno.

—¿Qué ocurre, Reggie?

— ¡Al fondo, entre la hierba!

—¿Dónde?

—¡Allí! — puso el dedo sobre el cristal para señalar en qué dirección debían mirar —¡Es una leona!

Sin quitar la vista del horizonte, extendió la mano para que su mujer le alcanzara la cámara, como un cirujano pediría el instrumental en el quirófano. Con dedos nerviosos quitó el protector del objetivo mientras repetía en voz alta: “¡una leona!”.

—Yo no veo nada, Reggie.

—¡Hay muy poca luz! — Buscó al felino pero no logró dar con él. —¡Joder! ¡Os juro que la he visto! Se ocultan condenadamente bien… Los leones no son corredores de fondo; deben aproximarse a sus presas todo lo que puedan a fin de sorprenderlas.

Después de peinar la pradera con ayuda del teleobjetivo se dio por vencido.

—Quizá no había nada, papá.

—Podría encontrarse a menos de veinte metros de ti y ni te darías cuenta… Ahí fuera no tendríamos ni la más mínima oportunidad de sobrevivir. ¿No es alucinante?

Puso en marcha el motor, dio media vuelta y condujo hasta el camino principal. Cuando llegaron a la puerta del parque, poco antes de las siete, ya era noche cerrada. El guardia comprobó la matrícula en el registro de entradas, contó el número de ocupantes del vehículo y les permitió continuar.

Reggie se mostró taciturno durante la cena. Al regresar al hotel visionó las fotos que había tomado durante la tarde y ninguna merecía la pena: la mayoría estaban mal encuadradas o desenfocadas. Por no hablar de aquellas en las que el cristal de la ventanilla reflejaba el sol del atardecer y arruinaba la toma.

 Al día siguiente se levantó a las cinco y cuarto haciendo gala de una energía exultante.  

—¡Vamos, chicas!¡No os hagáis las remolonas! Este es el momento en el que los animales se encuentran más activos. ¡Arriba! Nos esperan los Cinco Grandes.

—Te odio, papá…

A Victoria no le hubiera importado seguir durmiendo cuatro horas más. Si por ella fuera, esa mañana su padre y los Cinco Grandes podían irse a la mierda .

Cuando salieron de la habitación Reggie bajó las escaleras a la carrera y se encaminó directamente hacia el aparcamiento.

—¿No vamos a desayunar antes? — preguntó su mujer, contrariada.

Patricia era de esas personas que necesitan una buena dosis de cafeína para ponerse en funcionamiento.

—Aquí la costumbre es desayunar después, sobre las diez, cuando se regresa del primer safari. A esa hora el calor ya resulta insoportable y los animales buscan una buena sombra donde echarse a dormir.  ¡Vamos, cielito!

Un grupo de babuinos, de aspecto bastante fiero, les observaba desde más allá del perímetro electrificado.

—Hoy conduces tú, Patricia. Yo no puedo ocuparme del volante y de la cámara. —A su mujer no le gustó la idea pero él insistió. — Corazón, ya viste ayer que aunque las carreteras son de tierra están en muy buen estado.

—¿Y si aparece un elefante?

—Mientras no toques el claxon todo irá bien.

Ese día todo fue distinto. Nada más acceder a la reserva, vieron a un rinoceronte blanco acompañado de su cría. Caminaban con gracilidad para su peso. Patricia se hizo a un lado y detuvo el coche pero no apagó el motor.

—¡Quita el contacto! — le ordenó su marido de malos modos. —¡Con el traqueteo las fotos salen movidas!  

Estaba empezando a hartarse de la euforia fotográfica que había poseído a Reggie. Además, hubiera preferido dejar el coche en marcha por si había que salir pitando. Aunque era cierto que aquellas bestias parecían bastante pacíficas.

Reggie, que no estaba dispuesto a que el sol le estropeara ninguna toma más, bajó el cristal de la ventanilla desoyendo las indicaciones  del personal del parque.

—¡¿Qué haces?!

—Si esa mole decidiera cargar contra nosotros, ¿crees que tener el cristal subido o bajado iba a cambiar en algo nuestro destino?

Tomo cuantas fotos se le antojaron sin importarle el posible riesgo. Estar cerca de un ser tan formidable como aquél hacía que se sintiera importante, una especie de aventurero. Cuando los rinocerontes dieron por concluida la sesión fotográfica, les ofrecieron un perfecto plano de sus traseros y se alejaron trotando hacia la sabana, levantando una pequeña polvareda tras de sí.

—¡Qué maravilla! — exclamó Reggie, ensimismado.  

—¡El guardia dijo que no bajáramos la ventanilla!— le recriminó Patricia.

—¡No seas aguafiestas!

—No se te ocurra volver a cometer semejante majadería.

Continuaron por Kubu hasta un pequeño camino que se llamaba Curva de los hipopótamos aunque no vieron ninguno. Lo que sí avistaron fue un grupo de cebras bebiendo de un arroyo. Había cinco o seis adultos de buen tamaño que componían una estampa de gran belleza.

—¿Las cebras son blancas con rayas negras o negras con rayas blancas? — les preguntó.

—Yo creo que blancas con rayas negras — respondió su hija.

—Justo al contrario. Se sabe con certeza porque el feto, en su primera etapa, es totalmente negro y las rayas blancas van apareciendo después de manera gradual.

—Después de todo, a veces cuentas algo interesante — observó su mujer.

Poco más tarde de las ocho, cuando el sol ya empezaba a pegar con fuerza, se encontraron a una leona sentada a la sombra de un gran baobab.

—¡Oh, Dios mío! ¿La estáis viendo, chicas?

Patricia detuvo el vehículo. El felino bostezó dejando al descubierto unas fauces amenazadoras y les dedicó una mirada despreocupada. Eran capaces de pasarse durmiendo dieciséis horas al día. La reina de la sabana no iba a consentir que aquellos humanos sonrosados que se agitaban dentro de su extraña casa con ruedas alteraran en lo más mínimo su siesta matinal. Se desperezó, estiró la espalda como un enorme gato y se tumbó de manera indolente.

Reggie contemplaba extasiado a aquel animal majestuoso.

—Voy a bajar un poco la ventanilla…

—¡Ni se te ocurra!

—¡Pero si está a más de veinte metros! ¿Qué va a pasar?

—¡Papá, no! — le rogó su hija.

—Solo un par de fotos y vuelvo a subirla.

Reggie bajó el cristal hasta la mitad y sacó el teleobjetivo a través del hueco que quedaba. Aunque estaba convencido de que no había ningún peligro tuvo la prudencia de mantener los brazos dentro del coche. Patricia estaba muy alterada. No creía que su marido pudiera ser tan estúpido. De pronto, una segunda leona apareció de entre la hierba.  

—¡Hay otra ahí, papá! — Victoria dio la voz de alarma.

Reggie se apresuró a subir el cristal de la ventanilla. Esta segunda hembra se encontraba bastante más cerca y estaba observando el auto con la mirada fija en él. Sus ojos, del color de la miel, hicieron que se le helara la sangre. La leona se irguió, dio un par de paseos a un lado y a otro del vehículo y acabó uniéndose a su compañera bajo la sombra del baobab.

—¿Te has dado cuenta del disparate que has cometido? —  le gritó Patricia, histérica. — Ha estado a punto de atacarte.

—¿Qué dices, cariño? No saques las cosas de quicio. Sentía curiosidad y se ha acercado a echar un vistazo; eso es todo. A buen seguro que los empleados del parque las mantienen bien cebadas para que no ocurra ninguna desgracia.

Victoria se fijó en que la frente de su padre estaba perlada de sudor. Por mucho que intentara aparentar dominio de la situación, estaba tan asustado como ellas.

—Tienen el mismo color que la hierba — reflexionó en voz alta. —Son un ejemplo prodigioso de adaptación al medio.

—¡Otra idiotez más y se acabó la excursión! — le advirtió su esposa.

—¡Ya llevamos dos de los Cinco Grandes! — exclamó Reggie, que seguía a lo suyo.

El resto de la mañana fue muy fructífero. Vieron un jabalí verrugoso, ese curioso animal en el que los dibujantes de Disney se inspiraron para crear a Pumba, más ñus, un sinfín de antílopes y otra leona patrullando una extensa pradera a la búsqueda de algo que llevarse a la boca. Casi al final de su visita, descubrieron una manada de elefantes cruzando la pradera en la lejanía. Estaba compuesta por más de veinte ejemplares.

Regresaron al hotel a las diez y media, muertos de calor. Patricia aprovechó el desayuno para sacar a colación el comportamiento imprudente de Reggie. Él odiaba que su mujer nunca diera por zanjado un tema.  

Le gusta remover la mierda tanto como a las moscas, pensó.

Después de desayunar, ya en la habitación, Victoria se cambió de ropa para ir a la piscina del hotel y darse un baño. Reggie y Patricia aprovecharon ese momento de intimidad para arreglar sus diferencias de la única forma que sabían: a voz en grito. Primero fueron reproches, después acusaciones, seguidas de menosprecios subidos de tono. Por último, se adentraron en el proceloso terreno del insulto.  

—¿Crees que trabajas para National Geographic? ¿De verdad merece la pena que un león te arranque un brazo con tal de conseguir una puñetera foto?

—¡Te encanta dramatizar!

—¿Tan ciego estás que no has visto el peligro que has corrido?

—¿De qué coño estás hablando? Ni se ha movido del sitio. El sol se reflejaba en el cristal, ya te lo he explicado. Así no podía hacer fotos.

— ¿Por qué no puedes seguir las normas del parque como los demás? Siempre te has considerado alguien especial, pero no eres más que un mequetrefe con dinero.

—¿Eso es lo que opina tu amante de mí? — Su mujer le miró, con el rostro demudado por la sorpresa. —¿Creías que no me había enterado? No eres tan lista, amor. Si tu chulo te manda fotos guarras, es mejor que no dejes el móvil por ahí, al alcance de cualquiera.   

—¡No tenías ningún derecho a espiarme!

—¡Ni se te ocurra llevar la discusión en esa dirección! ¡Eres tú quien me está engañando! ¡Tú y solo tú quien ha traicionado nuestro matrimonio!

—Pensaba contártelo…

—¿¡Cómo puedes hacernos esto a Victoria y a mí!?

—¡Esto no tiene nada que ver con ella!

—¡¿Ah, no?! ¡Es nuestra hija! ¿¡Cómo no va a tener nada que ver con ella!?

Patricia rompió a llorar.

—Lo siento…

—Tenemos que ir a un consejero matrimonial.

—Ya no te quiero, Reggie…

Aquello le cogió desprevenido.

—¡No eres más que una zorra y una puta!

Ella le cruzó la cara de una bofetada y él se la devolvió. Durante unos instantes se miraron, avergonzados. No eran más que dos pobres seres desvalidos que un día se amaron y ahora estaban a un paso de odiarse. En sus corazones se había abierto una herida que jamás cicatrizaría. Habían traspasado el punto de no retorno. Es difícil saber a ciencia cierta cuándo algo se acaba, pero si hubiera que elegir un momento como punto final a su matrimonio, sería aquel.

—Reggie, quiero el divorcio.

—Es lo más sensato. Cuando estemos en Londres llamaré a mi abogado. ¿Y la niña?

—Tendrá que aceptarlo —Patricia desvió la mirada a la cama de matrimonio, cubierta por una hermosa piel de cebra. — No soportaría seguir viviendo contigo.

Él no discutió. Es más, tras aquella explosión de rabia y dolor se sintió más cerca de su mujer de lo que había estado en años. Por fin habían sido sinceros el uno con el otro. Mucho más calmados, convinieron en que, por el bien común, concluirían el viaje de la mejor manera posible. Ya se ocuparían de hablar con Victoria cuando regresaran a Londres.

Esa tarde no pudieron salir de safari. El cielo se encapotó y una fina lluvia comenzó a caer sobre la sabana. En cuestión de minutos, se transformó en un aguacero que apenas permitía distinguir algo a diez metros de distancia.

—Con este tiempo los accesos al parque están cerrados, señor — le explicó un empleado del hotel. —Conducir en estas condiciones resultaría muy peligroso.  

Reggie no estaba dispuesto a permitir que unas cuantas nubes estropearan sus vacaciones, y menos después de la escena que había vivido, así que corrió bajo la lluvia hasta el aparcamiento y subió al coche de alquiler dispuesto a negociar con el guardia de la entrada su ingreso al parque. No llegó a poner el motor en marcha: un rayo cegador iluminó el cielo y el estallido que le siguió hizo temblar el suelo y sacudió el vehículo. Había caído muy cerca. Reggie salió a toda prisa y corrió hasta el hall del hotel con los dientes aún castañeteándole.

El recepcionista sonrió al verle de vuelta, hecho una sopa.

—Para días así disponemos de una selección de juegos de mesa muy variados, señor.

Chorreando y con un humor de perros fue a reunirse con su mujer y su hija que se habían quedado en la cafetería del hotel. La tormenta duró más de tres horas y, para cuando hubo escampado, la luz del día ya estaba agonizando.

Esa noche, en el bufet, Victoria entabló conversación con un guía que trabajaba para el hotel. Era un tipo alto y fuerte, con una impresionante mata de pelo pajizo un tanto descuidada.

—Este es Mark — dijo cuando se lo presentó a sus padres. — Me ha contado cosas muy interesantes. 

Patricia le invitó a que tomara asiento con ellos.

—Su hija me ha preguntado por los elefantes que perdieron el control hace unos años — comentó el joven. Tenía un acento muy marcado. Era probable que descendiera de holandeses, algo bastante común por aquellas latitudes. — Sucedió aquí mismo, en Pilanesberg.  Cuando se inauguró el parque fue preciso repoblar la zona de elefantes porque los furtivos los habían exterminado. Trajeron cuatro machos jóvenes desde el Kruger, más al norte. Una vez en libertad comenzaron a comportarse de manera errática. Se convirtieron en un peligro tanto para los trabajadores como para las demás especies de la reserva. Acabaron con seis rinocerontes en cuestión de meses… — bajó la mirada — y también con la vida de un guardia. La cabeza de un macho adulto puede llegar a pesar mil seiscientos kilos. Háganse una idea de lo que le ocurre a tu cuerpo cuando te golpea con ella.

Reggie apuntó ese dato mentalmente.

—Nadie se explicaba qué les estaba sucediendo hasta que un experto de Ciudad del Cabo se dio cuenta de que los cuatro elefantes habían entrado en esa etapa que podríamos denominar como adolescencia. Los machos jóvenes necesitan la figura jerárquica de un macho adulto al que tomar como ejemplo: este es un aspecto crucial para su desarrollo. Y aquí no había ninguno. Sin nadie a quien obedecer, se dejaron llevar por las hormonas y se desmandaron.  

—¡Como los seres humanos! — comentó Reggie —¿Has tomado buena nota, Victoria?  

—Muy rara vez atacan — prosiguió Mark— pero, cuando lo hacen, lo único que queda es rezar. 

—Nos marchamos dentro de dos días para recibir el Año Nuevo en Johannesburgo — le informó Reggie. — Hasta ahora hemos visto tres de los Cinco Grandes: rinocerontes, leones y elefantes, aunque estos últimos muy de lejos.

—Los más esquivos son los leopardos. Se hallan al norte, en el terreno montañoso que atraviesa la carretera de Moloto. Si van por allí fijen su atención en los árboles, no en el suelo: les gusta tumbarse en una rama alta desde la que controlar su territorio de caza. Señor Simmons, si consigue una buena fotografía de un leopardo puede darse por contento. Muy pocos lo logran.

Desde ese momento, Reggie se tomó sus palabras como si hubieran sido pronunciadas por el mismo rey Arturo y no tuvo otro objetivo que obtener esa foto.

Esa noche apenas durmió. No dejaba de darle vueltas a la actitud de su mujer: había tenido la osadía de pedirle el divorcio en medio de aquellas vacaciones de ensueño. Siempre había encontrado un sádico deleite en arruinar sus momentos de felicidad.

El ruido de la lluvia sobre el tejado de paja le despertó poco antes de las cinco. Se levantó de un salto, sorteó la cama supletoria en la que dormía su hija y descorrió las cortinas de la ventana solo para constatar que había empezado a llover de nuevo. Mohíno, se sentó en el sofá con los brazos cruzados, maldiciendo la confabulación que el Universo había urdido contra él.   

Las nubes no abrieron hasta la hora de la comida. A esas alturas ya era un manojo de nervios. A primera hora del día siguiente saldrían para Johannesburgo. Esa era la última oportunidad de la que disponía para visitar el parque.

—Encarguemos unos bocadillos y pongámonos en marcha. Nadie sabe cuánto va a durar el buen tiempo.

—Reggie, prefiero esperaros aquí — le informó su mujer. — Ve tú con Victoria.

—Cariño, — la palabra le quemó en la boca como un bombón relleno de ácido, pero debía guardar las apariencias ante su hija — ¿cómo no vas a venir? Te prometo que respetaré las normas. Iremos en busca de los leopardos por el camino que nos indicó el guía. Después de la lluvia que ha caído el paisaje tiene que estar precioso. Por favor…

Patricia sopesó la situación: eran las últimas vacaciones que pasarían juntos los tres y quería que su hija guardara un buen recuerdo de ellas.

Haz un último esfuerzo, pensó, y sonríe.

Accedió a acompañarles a condición de ser ella quien conducía. A la menor imprudencia regresarían al hotel. Reggie estuvo de acuerdo y le susurró un tierno agradecimiento al oído.

Entraron en el parque, cumplieron con el requisito del registro, y avanzaron por el camino Kubu. A los pocos minutos se cruzaron con una brigada de operarios que estaban arreglando la carretera principal, en muy mal estado tras la lluvia. A ninguno de los tres les pasó inadvertido el hecho de que los trabajadores estuvieran escoltados por guardias armados.

Victoria, que era la encargada del mapa, indicó a su madre que tomara un camino de nombre impronunciable que se abría a la izquierda para dirigirse hacia la región montañosa. Nada más entrar en él, el coche comenzó a dar saltos.

—Esto está fatal — se quejó su madre.

—Solo son charcos — dijo Reggie. — Seguro que más adelante mejora.

Se equivocó. A medida que avanzaron las condiciones del terreno fueron empeorando de forma considerable.  

—Reggie, voy a dar la vuelta. No quiero quedarme tirada en medio de la selva.

—Esto es la sabana, no la selva — puntualizó con desdén.

—Deberías haber alquilado el todoterreno.

—Costaba casi doscientos rands más por día.

Victoria, sin apartar la vista de la ventanilla, convirtió la cantidad a una moneda que su madre pudiera comprender.

—Once libras.

Reggie guardó silencio.

—¿Es eso cierto? — le preguntó su mujer.

—Me hice un lío con el cambio…

—¿No hemos alquilado un todoterreno para que te ahorraras once miserables libras?

—Once por día…

—¡Son cuatro días, Reggie, no cinco meses! ¡¿Se puede saber cómo demonios puedes ser tan estúpido?!

Patricia, enzarzada en la discusión, no vio un pequeño socavón en medio del camino de tierra rojiza. Cuando el coche entró en él, dio tal bote que los tres pegaron con la cabeza en el techo del habitáculo.

—¿Quieres poner atención a la carretera? ¡Vas a conseguir que nos partamos la crisma!

—¡Se acabó, Reggie! — pisó a fondo el pedal del freno y se detuvieron en seco. —¡Nos volvemos al hotel!

—¡De eso nada! Hoy es la última oportunidad que tenemos de ver a los Cinco Grandes.

—¡Como vuelvas a mencionar a los malditos Cinco Grandes te juro que te mato!

—Por favor, ¿podéis calmaros? — les imploró Victoria desde la parte trasera del auto. No soportaba que sus padres se chillaran. —Estamos de vacaciones. Gritando de esa manera lo único que conseguís es empeorar la situación.

—Perdona hija — se disculpó Reggie. — No he debido pedir a tu madre que condujera; la carretera está en muy mal estado.

Abrió la puerta del copiloto sin mediar palabra y salió dispuesto a situarse tras el volante.

—¿¡Qué haces!?— le gritó Patricia, espantada.

—No pasa nada — abrió la puerta del lado del conductor. — Esto es una emergencia. Sal, a partir de aquí lo llevaré yo.

Patricia se negó a moverse.

—Vuelve dentro ahora mismo o tienes mi palabra de que arranco y te dejo aquí tirado.

Reggie la miró sin comprender. Por un momento dudó si su esposa sería capaz de cumplir su amenaza. Rodeó el vehículo y regresó al asiento del copiloto.

—Has perdido el juicio…— murmuró Patricia.  

Dos kilómetros más adelante llegaron a un cruce. Una señal, en medio del camino, indicaba que la carretera de Moloto estaba cortada por las lluvias. Reggie aporreó el salpicadero, presa de la frustración. Su mujer le miró sin reconocerle: nunca le había visto en ese estado.  

—No se puede pasar — comentó con voz suave, tratando de calmarle.

—¡Eso lo veremos! ¡Rodea la señal!

—Es una locura.

—¡Te he dicho que la rodees! ¡No me marcharé del parque sin fotografiar a ese puto leopardo!

Obedeció rezando para que aquello acabara cuanto antes y nadie resultara herido. La cuesta comenzó a pronunciarse a medida que ascendían. El paisaje cambió ligeramente: los árboles, en su mayor parte acacias, eran ahora más altos y frondosos y los arbustos, densos y cubiertos de espinos, más abundantes que en la llanura. Varios kudús pastaban en una ladera. Patricia detuvo el coche, Reggie bajó la ventanilla, sacó medio cuerpo fuera y se encaramó para tomar sus malditas fotos.

Nadie iba a decirle lo que tenía que hacer. No en ese viaje.

Cuando se dio por satisfecho Patricia reinició el ascenso. La carretera empeoró más aún y los amortiguadores gimieron como gatos en celo. Al trazar una curva muy pronunciada, se dieron de bruces con un  gigantesco elefante que estaba ramoneando al borde de la carretera. 

—¡Joder! ¡Para el coche, Patricia!

Ella lo hizo de inmediato. Aquel animal inmenso del que solo acertaban a distinguir la cabeza y parte del tronco, la sobrecogió. Acudió a su mente el recuerdo de las historias que había escuchado en los últimos días y sintió el impulso de volver a poner el motor en marcha y escapar de allí.

—¿Qué haces? — le increpó su marido cuando se percató de sus intenciones. — ¿Pretendes asustarle? ¡Estate quieta y no pasará nada!

Victoria apenas podía articular palabra. Su padre parecía muy confiado pero ella no las tenía todas consigo: ese elefante era, por lo menos, diez veces más grande que el Corolla.

Reggie bajó la ventanilla y contempló, extasiado, al portentoso animal.

—Estamos en presencia del auténtico rey de África — exclamó, casi en trance. 

El paquidermo giró la cabeza para observarles.

—Como tienen los ojos a ambos lados del cráneo solo pueden verte si te aproximas a ellos por su costado. Lo he leído en la elefantepedia.

Patricia se habría reído ante lo absurdo del comentario de no haber estado aterrorizada. Los colmillos de aquel monstruo eran casi tan grandes como ella.

—Sin embargo, poseen un olfato y un oído muy desarrollados — continuó.

—¡Razón de más para que subas la maldita ventanilla! — le imploró en voz baja.

Reggie Simmons apretaba el disparador una y otra vez. Como era un recién llegado al mundo de la fotografía no sabía que lo primero que debe hacer un buen aficionado es anular el molesto aviso electrónico que emiten las cámaras cada vez que el autofoco encuadra correctamente al sujeto retratado. El constante pitido acabó por perturbar al elefante que levantó la trompa en el aire y emitió un bramido sordo y grave.

—¡Qué maravilla!

El paquidermo sacudió la cabeza como si estuviera espantando una nube de moscas que zumbaran a su alrededor.

Algo iba mal. 

Reggie subió el cristal de la ventanilla y volvió a su asiento confiando en que el animal se tranquilizara pero, en vez de eso, avanzó y salió a la carretera.  

—Se está poniendo nervioso. Patricia, será mejor que arranques y retrocedas muy despacio.

—¿Marcha atrás? ¡Sabes que no se me da bien!

El elefante alzó la trompa y barritó. Se encontraban demasiado cerca de él como para andarse con miramientos.   

—¡Sácanos de aquí ahora mismo! — le gritó su marido.

Victoria comenzó a gimotear, asustada y su padre la ordenó que se callara.

—¡¡Nada de gritos si no quieres matarnos a todos!!

Patricia atinó con el contacto y comenzó a retroceder por el camino de tierra lleno de baches. El paquidermo avanzó un par de pasos y después reculó. Ella miró por el retrovisor para cerciorarse de que no estaba desviándose del trazado de la carretera y pisó a fondo el acelerador. El animal los observó durante unos instantes, pero no los siguió. Se quedó allí, plantado, desafiante. 

—¡Bravo! — exclamó Reggie.  — ¡Has estado magnífica!

—¡Vete a la mierda, maldito tarado!

Las ruedas traseras del Corolla patinaron en el barro y Patricia perdió el control. El coche se deslizó unos metros, giró sobre sí mismo y quedó atravesado en el camino. Metió primera pero no tuvo tiempo de volver a enderezarlo. Lo último que acertó a ver antes de morir fue a la gigantesca mole cargando contra ellos a toda velocidad. El golpe fue brutal y el vehículo dio varias vueltas de campana. Reggie y Victoria gritaron aterrorizados mientras el animal, encolerizado, hacía rodar el vehículo, con ellos en su interior, ayudándose de trompa y colmillos.  El chasis cedió como si fuera de latón. Si un elefante se ha propuesto aplastarte no hay nada que pueda impedírselo. Por fortuna, este se conformó con empujarles ladera abajo.

 

Victoria fue la primera en recobrar el conocimiento. Estaban boca abajo y ya era casi de noche. Su padre, inconsciente, yacía tumbado sobre el techo del habitáculo con el rostro lacerado por los cristales que habían saltado del parabrisas. Su madre todavía tenía el cinturón puesto. La estaba mirando, colgada de su asiento como una piñata macabra, con un ojo exento de vida. El otro había desaparecido en la masa sanguinolenta que era el resto de su cabeza.  

—¡Mamá! ¡Mamá!

Reggie volvió en sí y, de inmediato, sintió un fuerte dolor que le oprimió el pecho. Tampoco podía mover el brazo izquierdo: era probable que lo tuviera roto. No había tenido tiempo de abrocharse el cinturón de seguridad y por eso había salido despedido tras la embestida. Victoria parecía encontrarse bien, dentro de las circunstancias, aunque tenía una brecha abierta en la frente que manaba abundante sangre. Patricia no había tenido tanta suerte.

—¿Estás bien, Victoria?

—¿Qué le pasa a mamá?

Reggie Simmons suspiró y notó una punzada en el abdomen.

—Está muerta, hija. — Se arrastró hasta ella con un solo brazo y le puso la mano sobre el hombro. Ella lloró desconsolada — Ahora tienes que ser más fuerte que nunca. Ese corte parece profundo. ¿Te duele?

Victoria se palpó la frente y la mano se le empapó de sangre. Ni se había dado cuenta de que estaba herida. 

—No.

—Hay que detener la hemorragia. Coge un trozo de tela y presiona fuerte.

Victoria se rasgó el faldón de la camisa e hizo lo que su padre le había dicho. De pronto, recordó cómo habían llegado hasta allí.

—¿Y el elefante?

—No lo sé.

—¿Va a volver?

—Lo más probable es que no nos encuentre interesantes. De no ser así, tú y yo no continuaríamos con vida.

—¿Por qué nos ha atacado?

—Eso ahora da igual. Tenemos que salir de aquí.

—El guardia del parque dijo que les llamáramos si teníamos dificultades y que, bajo ningún concepto, abandonáramos el vehículo.

—¿Tienes el mapa?

Victoria se puso de rodillas sobre el techo abollado y alzó los brazos buscando a tientas en los bolsillo que había a espaldas de los asientos delanteros.

—Aquí está.

—¡Bien! ¿Has traído tu móvil? Yo he dejado el mío cargando en la habitación del hotel.

La muchacha rebuscó en sus pantalones pero no lo encontró.

—Lo llevaba en la mano. Se me ha debido de caer cuando hemos empezado a dar vueltas.

—¡Mierda!

—¿Y el de mamá?

Reggie se armó de valor y tanteó la ropa de su esposa. Apenas quedaba luz. Notó cómo una sustancia pegajosa se adhería a sus dedos y sintió ganas de vomitar. Por fin encontró un objeto duro en uno de los bolsillos de su camisa de exploradora. Temblaba tanto que tuvo que arrancar el botón para abrirlo. Dentro halló el móvil de Patricia, el mismo en el que había encontrado las fotos de su amante. 

Estaba hecho añicos.

—Descartado el plan A — dijo.

Victoria se echó a llorar de nuevo.

—En cuanto cierren el parque y comprueben que no hemos regresado saldrán a buscarnos — la tranquilizó. — Llevan un control muy riguroso de las visitas, ya lo has visto.

—¿Tú crees?

Su padre asintió. Intentó ver la hora en el reloj de pulsera pero apenas distinguía la silueta de su propia mano. Esperaron un buen rato en silencio; solo escucharon los ruidos que producían las criaturas nocturnas, en plena actividad.

—¿Y si aparece un león?

Ese era un riesgo que Reggie ya había valorado. Y estaba muerto de miedo.

—Victoria, pensar así no ayuda en nada. Debes serenarte.  

Una rama crujió cerca de allí.  

—Papá, ¿lo has oído?

—No — mintió.

Poco después algo se movió entre las ramas de los arbustos. Y oyeron pasos; pasos rápidos. Después se le unieron más. Había algo ahí fuera y no había acudido solo.  

—¿Papá?

—Sí, hija. Ahora sí lo he oído. Hemos visto muchos antílopes; es probable que se trate de un grupo de impalas. Pronto llegarán los guardias.

Reggie no las tenía todas consigo. Supuso que ya los habrían echado en falta pero no sabía cuánto tardarían en ponerse en marcha. También ignoraba de cuántos efectivos disponían. El parque era muy extenso, con un área de más de seiscientos kilómetros cuadrados. Además, dudaba que aquel fuera el primer lugar en el que les buscaran; la carretera estaba cortada y una señal prohibía el paso. Había que ser muy idiota para adentrarse allí.  

Tan idiota como tú, pensó.

La temperatura comenzó a descender. Padre e hija se abrazaron para darse calor.

—¿Qué vamos a hacer sin mamá?

—La echaremos mucho de menos pero lo acabaremos superando.

Si salimos vivos de aquí.

Un niño rió en mitad de la noche y a Reggie se le paró el corazón: un niño malvado con la mandíbula más poderosa de la sabana. Más incluso que la de un león.

Exactamente el doble.

 —¡Papá! ¡Es una hiena!

Reggie lamentó haberles enseñado aquel video.

—Cálmate…

Otro miembro de la manada respondió con una carcajada histérica.

—¡Son horrorosas! ¿Qué van a hacernos?

—Nada.

Reggie sabía que el hecho de que fueran carroñeras no significaba que dejaran pasar la oportunidad cuando una presa fácil se les pusiera al alcance. Y ellos eran dos de las más fáciles que habrían tenido nunca.

La actividad del grupo de hienas fue en aumento. Una, la más atrevida, se acercó a olisquear a través del parabrisas que había estallado bajo el peso del elefante. Pronto fueron dos. Las risas y ruidos guturales se multiplicaron y el colectivo entró en una especie de paroxismo.

—Hija, son muchas. Si nos quedamos aquí estamos perdidos.

—¡Pero no podemos salir!

—Victoria, tú sabes que tu madre desearía lo mejor para nosotros, ¿verdad?

Otra hiena metió el hocico a través de una de las ventanillas rotas y soltó una dentellada que no alcanzó a Victoria por poco.  

—Solo hay una forma de que escapemos con vida de aquí — continuó Reggie. —Darles lo que quieren.

—No te entiendo.

—Eres una chica lista; seguro que sí.

La oscuridad libró a Reggie de ver la expresión en el rostro de su hija.

—El olor del cadáver de tu madre las ha atraído.

—¡¡No!!

Le cogió la mano con fuerza.

—Es lo que buscan. Ella desearía que nos salváramos.

—¡Papá, no puedes estar hablando en serio!— las lágrimas corrían en cascada por su rostro. —Tenemos que llevárnosla a casa y enterrarla allí, junto a los abuelos.

—Mi niña, si queremos salir de aquí me temo que eso no va a ser posible.

Se incorporó y palpó en busca del cierre de seguridad del cinturón que aún sujetaba a su esposa al asiento. Una hiena metió la cabeza por el parabrisas y gruñó. Sus ojos malignos brillaron en la noche y Reggie le lanzó una patada que la alcanzó de pleno en su feo hocico perruno. El animal gimió y retrocedió.

—Tengo un brazo roto, Victoria. Si no me ayudas no creo que pueda conseguirlo. — La muchacha no reaccionó.  —¡Vamos, joder! ¡Ayúdame a bajar a tu madre!

 Reaccionó, empujada por la voz autoritaria de su padre. Reggie liberó el cierre y el cuerpo de la que fuera su esposa cayó al techo del vehículo.

—Ayúdame a arrastrarla fuera.

—Papá…

—¡Vamos!

La tomaron por los hombros y la acercaron todo lo que pudieron al parabrisas. Una gran cabeza apareció casi de inmediato y estudió la situación. Sus ojos eran dos ascuas en el pozo de alquitrán de la noche.

—No mires, Victoria.

—Esto es monstruoso, papá.

Uno de los machos más grandes dio un bocado en el hombro del cadáver y lo arrastró con fuerza. Reggie dio la señal a su hija y se arrastraron fuera a través del portón trasero del coche, que también había reventado. Una hiena de menor tamaño se les aproximó y emitió un extraño ladrido gutural, pero retrocedió. Victoria se puso en pie y ayudó a su padre a incorporarse. Ambos corrieron ladera abajo como almas que lleva el diablo mientras oían cómo la manada se peleaba por los despojos de Patricia Simmons. La noche estaba despejada y pudieron entrever las siluetas de los obstáculos que iban encontrando en su camino lo que no les libró de caer varias veces. Cuando ya no pudieron más, se sentaron a descansar en el tronco de un árbol abatido por un rayo. Tardaron tiempo en recobrar el resuello. La muchacha fue la primera en volver a hablar.

—Papá, lo que hemos hecho es una atrocidad…

—Cuestión de supervivencia.

—¿Cómo puedes responder con esa frialdad? No sé cómo voy a vivir con esto sobre mi conciencia.

Reggie se levantó: los pulmones seguían ardiéndole por el esfuerzo.

—Hagamos que sirva para algo, hija. Debemos orientarnos. Si nos alejamos de las carreteras los guardias no lograrán dar con nosotros. Además, aquí en mitad de la nada, las fieras no tardarán en acabar con nosotros. ¿Has cogido el mapa?

Ella negó.

—Se ha quedado en el coche.

—Entonces continuaremos ladera abajo. Con un poco de suerte daremos con una de las carreteras principales.

Reggie echó a caminar y Victoria le siguió. Durante un buen rato lo hicieron en silencio, escuchando con atención los sonidos de la noche por si detectaban algo de lo que debieran esconderse o huir. En varias ocasiones oyeron algo moviéndose en la oscuridad pero, como quiera que no les atacó, debía de estar tan asustado como ellos. Una eternidad después, el terreno se niveló por fin.

—Ya estamos en la llanura. Vayamos en aquella dirección.

Llevaban un rato caminando cuando intuyeron, a lo lejos, la forma de un rinoceronte y decidieron dar un rodeo para evitarle.

—Papá, ¿por qué no nos subimos a un árbol? Seguro que nuestras posibilidades aumentarían.

—Con el brazo roto no podría trepar, hija, y peso mucho para ti.

Continuaron la marcha. La muchacha había cogido un palo largo para ayudarse a caminar. A Reggie le dolía el costado pero la herida de Victoria había dejado de sangrar hacía rato. Allí, en medio de la sabana, sintió que les unía algo muy especial y se prometió hacer cuanto estuviera en su mano para que algún día lograra olvidar aquella tragedia.

—¿Mamá y tú estabais bien?

Reggie se detuvo, extrañado.

—¿A qué viene esa pregunta?

—Últimamente no hacíais más que discutir. Había llegado a temer que os divorciarais.

 —Tu madre y yo nos queríamos mucho. Teníamos nuestras diferencias, como todas las parejas, pero nunca se nos pasó por la cabeza poner fin a nuestro matrimonio.

Reggie se cuestionó si su hija le había creído. Siguieron con su penosa marcha y, al remontar una pequeña loma, Victoria creyó ver una luz en el horizonte.

—¡Mira allí, papá!

Dos puntitos luminosos avanzaban en línea recta y, a no mucha distancia, otros dos. 

—¡Son los guardias! ¡Nos están buscando!

Reggie calculó que se hallaban a algo más de  tres kilómetros.

—Cariño, creo que vamos a conseguirlo.

Besó a su hija en la cabeza y reemprendieron la caminata en dirección a la carretera por la que circulaban los jeeps. Un haz de luz muy potente comenzó a barrer una amplia franja de terreno, a no mucho más de un kilómetro y medio de donde se hallaban.  

—Ese foco no avanza como los demás, solo gira en círculos. Es posible que uno de los jeeps se haya quedado allí para indicarnos la dirección que debemos tomar.

 —¿Como una especie de faro?

—¡Igual que un faro, preciosa!

Victoria se dijo que en cuanto llegara al hotel llenaría la bañera hasta el borde y se metería en ella durante horas. Entonces, la imagen de su madre arrastrada por las hienas le vino a la cabeza y se maldijo por ser tan egoísta.

Su padre había acertado en sus suposiciones. Mientras cinco vehículos continuaban su búsqueda por las diferentes carreteras del parque, dos guardias habían estacionado junto a la presa de Kubu, con la esperanza de que la familia Simmons viera el potente reflector y se encaminara hacia aquel lugar.

—Papá, ¿crees que el elefante se asustó por el ruido que hacía tu cámara?

—Ni idea.

Reggie tuvo la sensación de que había algo observándoles en la oscuridad e hizo detenerse a su hija.

—¿Qué pasa?

Escuchó con atención pero no oyó nada.

—Habrá sido el ruido del agua — dijo Victoria.

Efectivamente, por allí cerca debía de correr un riachuelo.

Donde los herbívoros bajan a beber.

—Apretemos el paso, ¿de acuerdo?

 

Cayó en la cuenta de que la hierba que les rodeaba era más alta en esa zona, bastante más que la que habían dejado atrás; le llegaba un poco más arriba de la cintura. Giró la cabeza en derredor, intentando descubrir algo, pero su vista no era buena.

Podría estar a veinte metros de ti y ni te enterarías.  

—¡Ya casi estamos, papá!

Entonces la vio moverse, entre la hierba: una gran cabeza cuadrada, a unos cincuenta metros a su espalda.

—Victoria,  ¿a qué distancia dirías que está el jeep? — le preguntó sin detenerse.

—¿Trescientos metros?

—No quiero que te alteres pero hay una leona siguiéndonos. — La muchacha fue a gritar pero su padre le tapó la boca con la mano. — Confiemos en que esté sola. Es de suponer que los vigilantes vayan armados así que, cuando nos encontremos a una distancia relativamente próxima, llamaremos su atención para que abran fuego sobre ella si es necesario.

—¿Echamos a correr?

—Nos perseguiría y es más rápida que nosotros. Dejemos que siga aproximándose y esperemos a estar más cerca de los guardias.

Reggie volvió la vista atrás pero la leona había desaparecido.

Se está preparando para atacar.

No lo iban a conseguir…

Decidió hacer algo heroico por una vez en su vida.

—Victoria, yo corro menos que tú; además, tengo un brazo roto. Quiero que te quedes aquí y te ocultes bien entre la hierba. Me adelantaré y echaré a correr hacia el agua. Haré todo el ruido que pueda para llamar su atención. Tú contarás en silencio y cuando llegues a cincuenta quiero que salgas disparada en dirección a la luz. Corre tanto como puedas y no dejes de gritar pidiendo auxilio. Esperemos que los guardias nos oigan y que puedan salvarnos a ambos.

—¿Y por qué no salimos a la vez?

—Me quedaría rezagado enseguida. Así, tendrás más oportunidades de escapar.

Un pensamiento muy oscuro cruzó por la mente de Victoria que miró a su padre, atónita.

—¡Pretendes usarme como cebo!

—¿Qué tonterías estás diciendo?

—¡Igual que has hecho con mamá! Yo entretengo a la leona mientras tú escapas.

Reggie supuso que el estrés impedía a su hija razonar con claridad. Sin mediar palabra, Victoria blandió en alto el palo con el que se había ayudado para caminar y asestó un golpe certero en el brazo roto de su padre. Este aulló de dolor. Ella giró en el aire el arma improvisada y le dio de lleno en la cabeza. Reggie notó cómo se le doblaban las piernas y cayó de rodillas sin comprender nada.

—Lo siento, papá: cuestión de supervivencia.

Victoria echó a correr al límite de sus fuerzas. Oyó como su padre profirió un alarido desgarrador en medio de la noche estrellada pero siguió adelante.  

Ella solo quería vivir.

 

 

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